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Historias humanas

Una mesa para dos

Beatriz siempre pide dos lugares aunque llega sola. Todos creen saber a quién está esperando.

Cada jueves, Beatriz reservaba una mesa para dos.

Llegaba sola.

Pedía café para una sola persona.

Los camareros terminaron inventando teorías.

Un amor perdido.

Un marido muerto.

Una cita que nunca llegaba.

La verdad era menos romántica.

Beatriz estaba escribiendo una novela.

Había tardado cuarenta y dos años en empezar.

El segundo lugar era para las hojas, los libros y una carpeta azul.

Un jueves, una mujer se acercó.

—¿Está ocupado?

Beatriz miró la silla llena de papeles.

—Técnicamente, sí.

La mujer sonrió.

—Soy Mercedes. Siempre la veo escribir.

Mercedes empezó a sentarse algunos jueves.

Leía capítulos.

No era complaciente.

—Esto sobra.

—Este personaje no habla como una persona.

—Aquí estás tratando de impresionar.

Beatriz protestaba.

Después corregía.

Un día Mercedes dejó de venir.

Beatriz preguntó al dueño.

Estaba enferma.

La visitó.

Mercedes tenía cáncer.

—No pongas esa cara —dijo—. Termina el capítulo.

Durante meses, Beatriz llevó páginas al hospital.

Mercedes leyó casi toda la novela.

El libro se publicó en una pequeña editorial.

Beatriz llevó el primer ejemplar.

Mercedes sostuvo la tapa.

—Ahora sí parece que sabías lo que hacías.

Murió pocas semanas después.

El jueves siguiente, Beatriz volvió al café.

Pidió mesa para dos.

Colocó el libro en la segunda silla.

No escribió.

Sólo tomó café.

Una mujer desconocida se acercó.

—Perdón, ¿está ocupado?

Beatriz miró la silla.

Retiró el libro.

—Hoy no.

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