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Encuentros

Una mesa para dos

Beatriz siempre pide dos lugares aunque llega sola. Todos creen saber a quién está esperando.

Todos en el café creían que Beatriz esperaba a alguien.

Cada jueves reservaba una mesa para dos.

Llegaba sola.

Pedía un café.

Y ocupaba la otra silla con una carpeta azul, hojas impresas, libros y un diccionario.

Los camareros habían inventado varias historias.

Un marido muerto.

Un amante que nunca llegaba.

Una vieja promesa.

La verdad era bastante menos romántica.

Beatriz estaba escribiendo una novela.

Había tardado cuarenta y dos años en empezar.

A los veintiséis había escrito cuarenta páginas.

A los treinta dejó de hacerlo porque nacieron los hijos.

A los cuarenta porque trabajaba demasiado.

A los cincuenta porque cuidaba a su madre.

A los sesenta porque, según ella, ya era tarde.

A los sesenta y ocho se despertó una mañana y pensó:

Si sigo esperando a tener tiempo, lo próximo que voy a tener es una lápida.

El jueves siguiente reservó mesa para dos.

Una silla para ella.

Otra para todo lo que había postergado.

Mercedes apareció en el tercer mes.

—¿Está ocupado?

Beatriz miró la segunda silla.

Había veinte páginas, un libro y tres bolígrafos.

—Técnicamente, sí.

La mujer sonrió.

—Siempre la veo escribir.

—Ése es el objetivo.

—¿Es una novela?

Beatriz cerró la carpeta.

—Puede ser.

—Eso significa que sí.

Mercedes se sentó en la mesa de al lado.

El jueves siguiente volvió.

Y el otro.

Un día preguntó:

—¿Puedo leer?

—No.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—La gente que quiere enseñar demasiado pronto casi nunca termina.

Beatriz la miró con desconfianza.

—¿Usted escribe?

—No. Leo.

—Eso es más peligroso.

Dos meses después Beatriz le dio diez páginas.

Mercedes las leyó.

Tardó quince minutos.

—Bien.

Beatriz esperó.

—¿Bien qué?

—La primera página está bien.

—¿Y las otras nueve?

—Sobran tres.

—No pueden sobrar tres páginas.

—Claro que pueden.

Mercedes señaló un párrafo.

—Aquí explicas lo que ya entendí.

Otro.

—Aquí quieres que admiremos cómo escribes.

Otro.

—Este hombre no habla como ningún ser humano que haya conocido.

Beatriz tomó las hojas.

—No sé por qué se las di.

—Yo tampoco.

Volvió a casa furiosa.

Al día siguiente corrigió todo lo que Mercedes había marcado.

Se hicieron amigas casi sin declararlo.

Mercedes leía.

Beatriz discutía.

Mercedes criticaba.

Beatriz defendía el párrafo durante diez minutos y luego lo eliminaba.

Una tarde Mercedes no apareció.

Tampoco el jueves siguiente.

El dueño del café le explicó que estaba internada.

Beatriz fue a verla.

Mercedes tenía cáncer.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de personaje secundario que viene a despedirse.

Beatriz se sentó.

—Podrías haberme dicho.

—¿Para qué?

—Porque somos amigas.

Mercedes sonrió.

—Entonces termina el capítulo nueve.

—Eres insoportable.

—Y tengo razón.

Durante meses Beatriz llevó páginas al hospital.

Mercedes leyó casi toda la novela.

La última vez estaba demasiado cansada para corregir.

Beatriz le entregó el manuscrito terminado.

Mercedes apoyó una mano sobre él.

—¿Final feliz?

—No.

—Menos mal.

—¿Quieres saber cómo termina?

—No.

Beatriz se sorprendió.

—¿Por qué?

—Porque quiero leerlo cuando salga.

—Va a salir.

Mercedes la miró.

—Eso espero.

Una pequeña editorial aceptó la novela.

Cuando llegó el primer ejemplar, Beatriz fue al hospital.

Mercedes ya no estaba allí.

Había muerto cuatro días antes.

Beatriz sostuvo el libro en el estacionamiento durante casi una hora.

Nunca había imaginado que cumplir un sueño pudiera doler de aquella manera.

El jueves siguiente volvió al café.

Mesa para dos.

Puso el libro en la silla de Mercedes.

Pidió un café.

No escribió.

No abrió la carpeta.

Sólo se sentó.

Una mujer se acercó.

—Perdón. ¿Está ocupada?

Beatriz miró el libro.

Estuvo a punto de decir que sí.

Después lo retiró.

—Hoy no.

La mujer se llamaba Elena.

Hablaba demasiado.

No leía novelas.

No sabía nada de literatura.

Y tenía la costumbre irritante de preguntar cosas sencillas.

—¿Por qué escribiste un libro?

Beatriz empezó a explicar.

La estructura.

Los personajes.

La idea inicial.

Elena negó.

—No te pregunté de qué trata.

—¿Entonces?

—¿Por qué lo escribiste?

Beatriz abrió la boca.

La cerró.

Nunca se lo había preguntado de ese modo.

—Porque tenía miedo.

—¿De qué?

—De llegar al final de mi vida sin haber hecho algo que llevaba cuarenta años queriendo hacer.

Elena asintió.

—Eso sí me interesa.

Leyó la novela.

Tardó tres semanas.

El jueves siguiente llegó y dejó el libro sobre la mesa.

—¿Y?

—La mitad me aburrió.

Beatriz se echó a reír.

—Mercedes te habría adorado.

—¿Quién es Mercedes?

Beatriz miró la silla vacía.

Por primera vez consiguió hablar de ella sin que la voz se le quebrara.

Años después publicó una segunda novela.

La dedicatoria decía:

A Mercedes, que me enseñó a quitar palabras.

A Elena, que me obligó a descubrir por qué quería dejar las demás.

Beatriz siguió reservando mesa para dos.

A veces la segunda silla quedaba vacía.

A veces Elena aparecía.

O se sentaba alguien conocido.

O alguien nuevo preguntaba:

—¿Está ocupada?

Y Beatriz aprendió a mirar la silla antes de contestar.

Al principio la había reservado para sus papeles.

Después para Mercedes.

Durante un tiempo creyó que dejarla vacía era una manera de recordarla.

Hasta que entendió algo que Mercedes probablemente habría corregido con una frase más corta:

las personas que dejan un lugar importante en nuestra vida no siempre quieren que lo conservemos vacío.

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