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Encuentros

Tres cafés

Carmen pide tres cafés cada lunes. Sólo uno es para ella.

Durante veintisiete años, Carmen, Julia y Teresa se reunieron los lunes a las cinco.

Siempre en el mismo café.

Casi siempre en la misma mesa.

Y siempre pedían tres cafés.

No necesitaban tener nada importante que contar.

A veces hablaban de hijos.

De maridos.

De médicos.

De política.

De una vecina insoportable.

Otras veces no hablaban de nada.

La reunión existía igual.

Cuando Teresa se mudó durante dos años, Carmen siguió pidiendo tres.

—Se va a enfriar —decía Julia.

—Problema del café.

Cuando Teresa volvió a la ciudad, el primer lunes encontró la taza frente a su silla.

—Están locas.

Carmen miró el reloj.

—Llegaste nueve minutos tarde.

—Acabo de volver después de dos años.

—No veo qué tiene que ver.

Años después Julia enfermó.

Al principio siguió yendo.

Luego empezó a faltar.

Finalmente se conectaba por videollamada.

Carmen continuaba pidiendo tres cafés.

Uno para ella.

Uno para Teresa.

El tercero al lado del teléfono.

Julia aparecía en pantalla desde su casa.

—Ese café se está enfriando.

—Problema del café.

—Algún día te van a echar de ese lugar.

—Tengo antigüedad.

Una tarde Julia no quiso conectarse.

—Estoy horrible.

Carmen respondió:

—Nosotras también.

Teresa agregó:

—Pero tenemos peor iluminación.

Julia apareció dos minutos después.

Murió un sábado.

El lunes Carmen llamó a Teresa.

—Hoy no.

—Hoy sí.

—No puedo.

—Yo tampoco.

A las cinco estaban sentadas en la mesa de siempre.

El camarero se acercó.

—¿Lo de siempre?

Carmen quiso decir dos.

Dijo:

—Tres.

Cuando llegó la tercera taza, ninguna habló.

El café soltaba vapor.

Teresa la tocó.

—Se va a enfriar.

Carmen levantó la cabeza.

Durante un segundo se miraron.

Y empezaron a reír.

Con lágrimas.

Con culpa.

Con dolor.

Pero se rieron.

Porque aquella frase había pertenecido a las tres.

Y por un instante también Julia estuvo allí.

Durante meses siguieron pidiendo tres cafés.

Hasta que un lunes Carmen dijo:

—Hoy dos.

Teresa la miró.

—¿Estás segura?

—No.

—Entonces podemos pedir tres.

Carmen negó.

—No quiero que la mesa se convierta en un altar.

Pidieron dos.

Cuando llegaron las tazas, el espacio vacío pareció enorme.

Teresa levantó la suya.

—Por Julia.

—Por Julia.

Bebieron.

Nada desapareció.

Ni Julia.

Ni los veintisiete años.

Sólo había un café menos.

Y eso, descubrieron, no era lo mismo que olvidar.

Años después Teresa llegó tarde.

Veinte minutos.

Treinta.

Carmen llamó.

Nada.

A los cuarenta minutos recibió un mensaje de su hija.

Mamá tuvo un accidente. Está bien. Estamos en el hospital.

Carmen sintió que el cuerpo se le vaciaba.

Llegó al hospital furiosa.

Teresa tenía un brazo vendado.

—Ahora sí se enfrió el café —dijo.

Carmen empezó a llorar.

—No vuelvas a hacerme esto.

—No estaba en mis planes.

—No es gracioso.

—Un poco sí.

Carmen se sentó.

Después de unos minutos dijo:

—Tengo miedo.

Teresa dejó de bromear.

—¿De qué?

—De ser la última.

Teresa permaneció callada.

—Yo también.

—No quiero terminar pidiendo cafés para dos muertas.

—Entonces no lo hagas.

Carmen la miró.

—Qué fácil.

—No dije que fuera fácil.

Teresa le tomó la mano.

—Dije que no lo hagas.

Teresa murió seis años después.

No de golpe.

Tuvieron tiempo.

Y eso resultó ser una suerte y una crueldad al mismo tiempo.

La última semana, Carmen la visitó en casa.

—¿El lunes vas a ir? —preguntó Teresa.

—No sé.

—Ve.

—No quiero sentarme sola.

—Pues no te sientes sola.

Carmen se enfadó.

—Qué solución brillante.

Teresa cerró los ojos.

—Siempre has sido un poco lenta.

—Y tú insoportable.

—Por eso duramos tantos años.

Durante siete lunes Carmen no volvió al café.

El octavo, el dueño la llamó.

—Señora Carmen, tengo algo para usted.

Fue.

En la mesa de siempre había un sobre.

Y una taza vacía.

La letra era de Teresa.

Si estás leyendo esto, probablemente llevas semanas haciendo de este café un lugar al que no puedes entrar.

Carmen sonrió llorando.

No conviertas nuestra mesa en un museo.

Julia estaría de acuerdo, aunque protestaría por el precio.

Carmen tuvo que detenerse.

Al final:

Invita a alguien.

El café no tiene la culpa.

Carmen dobló la carta.

Miró alrededor.

En una mesa cercana había una mujer mayor leyendo sola.

Café.

Tostadas.

Un libro.

Carmen la observó durante unos segundos.

Después se levantó.

—Perdone.

La mujer alzó los ojos.

—¿Sí?

—¿Le molesta si me siento un rato?

La desconocida miró la silla.

—Depende.

—¿De qué?

—¿Habla mucho?

Carmen sonrió.

—Demasiado.

La mujer cerró el libro.

—Entonces siéntese.

Carmen llamó al camarero.

—Otro café, por favor.

—¿Uno?

Miró la mesa.

Dos mujeres.

Dos tazas.

—Sí.

Esta vez no necesitaba pedir tres para demostrar que habían sido tres.

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