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Suspenso

No mires por la mirilla

Alguien toca la puerta de madrugada. El vecino manda un mensaje: “No mires. Yo miré”.

A las 2:11 de la madrugada, Inés despertó por tres golpes suaves.

Se incorporó pensando que había soñado.

Tres golpes más.

Vivía sola en el 9A. Nadie tenía motivos para visitarla a esa hora.

Tomó el teléfono y vio un mensaje de Gustavo, el vecino del 9B.

No abras.

Antes de que pudiera responder llegó otro.

Y no mires por la mirilla.

Inés escribió:

¿Eres tú?

Gustavo contestó enseguida.

No. Estoy adentro.

Volvieron a golpear.

Entonces una voz dijo desde el pasillo:

—Inés, soy Gustavo. Ábreme.

Ella miró el teléfono.

No soy yo, apareció.

El hombre de afuera insistió:

—Se cortó la luz en mi departamento.

Inés escribió:

¿Llamamos a seguridad?

Gustavo tardó unos segundos.

Ya llamé. No salen del ascensor.

Inés sintió un impulso casi irresistible de mirar por la mirilla. Sólo un segundo. Lo suficiente para saber quién estaba ahí.

El teléfono vibró.

No mires. Yo miré.

Inés se quedó quieta.

¿Qué viste?

La respuesta demoró.

A mí.

Afuera dejó de hablar Gustavo.

La nueva voz era la de su madre.

—Nena, ábreme.

Su madre llevaba doce años muerta.

Inés retrocedió.

El teléfono sonó. Gustavo llamaba.

—¿Escuchaste? —susurró.

—Sí.

—A mí me habló mi hermano.

Inés sabía que el hermano de Gustavo había muerto joven.

—La seguridad viene.

Del otro lado de la puerta, su madre comenzó a cantar una canción que sólo cantaba cuando Inés era niña.

Gustavo dijo:

—No contestes.

Durante casi veinte minutos, las voces cambiaron. Personas conocidas. Algunas vivas. Otras no.

Después, silencio.

A las 2:43 llegó la seguridad acompañada por la policía.

No encontraron a nadie.

Uno de los agentes revisó las cámaras.

El pasillo había permanecido vacío toda la noche.

—Puede haber sido alguien fuera del ángulo —dijo.

Gustavo no pareció convencido.

A la mañana siguiente, el encargado del edificio les contó algo que ninguno conocía.

Antes de la remodelación, el 9A había sido parte de un departamento más grande. Treinta años atrás, una mujer había desaparecido allí.

—Nunca encontraron qué pasó —dijo.

Inés decidió mudarse.

Gustavo también.

Meses después, Inés recibió un mensaje de un número desconocido.

Hola. Somos los nuevos del 9A. Encontramos tu número en una correspondencia vieja.

Inés estuvo a punto de no responder.

Llegó otro mensaje.

Perdón por escribir tan tarde. Hay alguien golpeando la puerta.

Y luego:

¿Sabes si el vecino del 9B se llama Gustavo?

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