Romance
Los jueves, Julián llevaba dos flores
Una flor era para su mujer. La otra, para una historia que nadie conocía.
Todos los jueves, Julián entraba en la florería de Clara y pedía dos flores.
Una amarilla.
Una blanca.
Nunca ramo. Nunca envoltorio.
—La amarilla es para Elena —explicó una vez—. La blanca, para Teresa.
Clara supuso que Elena era su esposa y Teresa, quizá una hermana.
Durante años no preguntó.
Una tarde Julián llegó más cansado de lo habitual. Mientras Clara cortaba los tallos, él dijo:
—Elena fue mi mujer. Murió hace once años.
Clara esperó.
—Teresa era su mejor amiga.
Julián sonrió.
—Después de que Elena murió, Teresa y yo empezamos a tomar café. Primero porque los dos la extrañábamos. Después porque también nos gustaba estar juntos.
Clara entendió la flor blanca.
—¿Y Elena?
—Elena sabía.
Sacó de la billetera una carta doblada.
—La escribió antes de morir. Me decía que, si algún día volvía a querer a alguien, no confundiera fidelidad con tristeza.
Teresa murió tres años después de comenzar aquella relación.
Desde entonces, Julián llevaba dos flores al cementerio.
—La gente cree que una historia borra la otra —dijo—. A mí me pasó lo contrario. Una me enseñó a entender la otra.
Un jueves Julián no apareció.
Tampoco el siguiente.
Clara llamó al número que tenía de un encargo antiguo. Contestó su hijo.
Julián había muerto.
Dos semanas después llegó una carta a la florería.
Clara: si no es mucha molestia, durante un año me gustaría que los jueves siguieran llegando dos flores. Mi hijo sabe dónde. Después, que cada uno descanse sin obligaciones. Gracias por no preguntarme nunca más de lo que yo quería contar.
Clara aceptó.
Durante cincuenta y dos jueves preparó una flor amarilla y una blanca.
El último día añadió una tercera.
No tenía destinatario.
La dejó sobre el mostrador.
Era para Julián.
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