Encuentros
Los jueves, Julián llevaba dos flores
Una flor era para su mujer. La otra, para una historia que nadie conocía.
Durante tres años, todos los jueves a las cinco y cuarto, Julián compró dos flores para dos mujeres muertas.
Una amarilla.
Una blanca.
Nunca ramo.
Nunca papel.
Nunca tarjeta.
—Así está bien —decía.
Clara, la dueña de la florería, tardó casi un año en preguntarle para quién eran.
No porque no sintiera curiosidad.
Porque había aprendido que algunas personas entraban a comprar flores y otras entraban a sostener algo.
Julián parecía de las segundas.
Era un hombre de unos setenta y cinco años, siempre bien afeitado, camisa clara incluso en invierno y una paciencia que contrastaba con su manera de mirar el reloj.
Llegaba.
Elegía.
Pagaba.
Y antes de irse comprobaba las flores como si verificara que seguían siendo las mismas que había pedido.
Una tarde Clara le dijo:
—Ya sé que no es asunto mío, pero llevo cuarenta y seis jueves vendiéndole exactamente lo mismo.
Julián sonrió.
—Cuarenta y siete.
—Eso empeora mi situación.
Él señaló la amarilla.
—Elena.
Después la blanca.
—Teresa.
Clara esperó.
Julián no añadió nada.
—Muy bien —dijo ella.
Envolvió los tallos con un papel húmedo.
—Nos vemos el jueves que viene.
Julián la miró con cierta sorpresa.
—¿No va a preguntar?
—Ya me dijo los nombres.
Fue la primera vez que él se rio.
Meses después, Julián llegó empapado.
Llovía desde la mañana.
Clara le ofreció esperar.
—En diez minutos pasa.
—A mi edad, diez minutos pueden ser una promesa peligrosa.
—Entonces cinco.
Julián aceptó.
Se sentó junto al mostrador.
La flor amarilla y la blanca quedaron en un vaso con agua.
Clara preparó café.
—Elena fue mi mujer —dijo él de pronto.
Clara dejó la taza frente a él.
—Cuarenta y dos años.
—Mucho.
—Depende del día.
Clara sonrió.
—¿Y Teresa?
Julián sostuvo la taza entre las manos.
—La mejor amiga de Elena.
Clara no dijo nada.
—Ahora puede hacer la pregunta.
—No sé cuál.
—La que todo el mundo hace.
Clara esperó.
Julián la hizo por ella.
—¿Estuve con la mejor amiga de mi mujer después de que mi mujer murió?
Levantó la vista.
—Sí.
La lluvia golpeaba el vidrio.
—Ah.
—Eso suele ser lo que dicen.
—No dije nada.
—Pero pensó algo.
Clara se sentó.
—Pensé que probablemente la historia sea más larga que esa frase.
Julián sonrió.
—Por eso compro acá.
Elena había muerto once años antes.
Cáncer.
Dieciocho meses de tratamientos.
Hospitales.
Esperas.
Esperanzas que cambiaban de tamaño según el resultado de un análisis.
Teresa había estado allí durante casi todo.
Iba a la casa.
Cocinaba.
Acompañaba a Elena cuando Julián necesitaba salir.
Se ocupaba de cosas que nadie le había pedido.
—Eran amigas desde los dieciséis —explicó Julián—. Yo aparecí bastante después.
Cuando Elena murió, Teresa siguió llamándolo.
Al principio por costumbre.
Después por preocupación.
—Los primeros meses todo el mundo te pregunta cómo estás —dijo Julián—. Después empiezan a pensar que ya deberían dejar de preguntar.
Teresa no.
Los martes iba a tomar café.
Siempre martes.
—¿Por qué?
—Porque los jueves ella cuidaba a una nieta.
—No. ¿Por qué iba?
Julián pensó.
—Al principio creo que para hablar de Elena.
—¿Y después?
—Después empezamos a hablar de otras cosas.
Eso lo había asustado.
La primera vez que Teresa lo hizo reír, Julián volvió a casa sintiéndose culpable.
Como si hubiera cometido una falta.
—Me acuerdo de haber pensado: Elena lleva cinco meses muerta y yo me estoy riendo.
Clara lo miró.
—Cinco meses es mucho tiempo sin reírse.
—En ese momento no me pareció.
Pasaron casi dos años antes de que Julián y Teresa entendieran que ya no se encontraban solamente porque ambos extrañaban a Elena.
La primera en decirlo fue Teresa.
—Esto está cambiando.
Julián respondió:
—No.
—Muy convincente.
—No puede cambiar.
—¿Por qué?
—Porque no.
Teresa lo había mirado durante varios segundos.
—Julián, eso no es una explicación.
Él sí tenía una.
Pero no quería decirla.
Sentía que querer a Teresa disminuía de alguna manera lo que había sentido por Elena.
Como si el amor fuera una habitación con una sola silla.
—¿Y Teresa qué hizo? —preguntó Clara.
—Se fue.
—¿La dejó?
—No. Me dio tres semanas para dejar de comportarme como un idiota.
Clara rio.
—Me gusta Teresa.
—A mí también me gustaba.
Pasaron dos semanas.
Julián fue a buscarla.
No necesitó la tercera.
Su hijo Andrés no lo tomó bien.
Ahí la historia cambió.
—¿Cuántos años tenía?
—Cuarenta y seis.
—Entonces no era un chico.
—No.
—Pero reaccionó como uno.
Julián miró hacia la calle.
—Peor.
Andrés había querido mucho a su madre.
También a Teresa.
Precisamente por eso sintió la relación como una doble traición.
—Me dijo: “Era la mejor amiga de mamá”.
—¿Y usted qué le contestó?
—Nada útil.
—¿Qué le contestó?
Julián hizo una mueca.
—Que no tenía derecho a opinar.
Clara levantó las cejas.
—No fue muy bueno.
—Ya lo sé.
—¿Y después?
—Después estuvimos casi un año sin hablarnos.
La lluvia había disminuido.
Julián terminó el café.
—La flor amarilla es para Elena.
Miró la blanca.
—La blanca para Teresa.
Clara comprendió que faltaba una parte.
—¿Teresa también murió?
Julián asintió.
—Tres años después de que empezáramos a estar juntos.
—Lo siento.
—Yo también.
Sonrió apenas.
—Muchísimo.
Antes de irse, sacó de la billetera un papel doblado.
Estaba gastado de tanto abrirlo.
—Esto me lo dejó Elena.
Se lo ofreció.
Clara dudó.
—¿Seguro?
—Sí.
La letra era pequeña.
Había varias líneas.
Julián señaló una.
Clara leyó:
SI ALGÚN DÍA VUELVES A QUERER A ALGUIEN, NO CONFUNDAS FIDELIDAD CON TRISTEZA.
Clara volvió a mirar el papel.
—¿Elena escribió esto?
—Dos meses antes de morir.
—¿Y usted lo había leído?
—Sí.
—Entonces sabía.
—Saber y poder hacer algo con lo que uno sabe son cosas distintas.
Clara le devolvió la carta.
Era una explicación sencilla.
Y suficiente.
Los jueves continuaron.
Amarilla.
Blanca.
A veces Julián hablaba.
Otras no.
Clara fue conociendo pequeñas cosas.
Elena detestaba los claveles.
Teresa cocinaba mal pero estaba convencida de lo contrario.
Elena se dormía en el cine.
Teresa hablaba durante las películas.
—Su vida parece haber sido bastante ruidosa —dijo Clara.
—Por eso ahora agradezco el silencio.
Un jueves Julián llegó apoyándose en un bastón.
—¿Está bien?
—Estoy viejo.
—Eso no es diagnóstico.
—A mi médico le encanta usar palabras más largas para decir lo mismo.
No explicó más.
Clara tampoco preguntó.
Al despedirse, Julián dijo:
—Si alguna vez dejo de venir, no guarde las flores.
—No diga pavadas.
—No es una pavada. Las flores son pésimas esperando.
Clara lo miró.
—El jueves próximo, amarilla y blanca.
Él sonrió.
—El jueves próximo.
No llegó.
Clara preparó las flores igual.
A las cinco y cuarto miró la puerta.
A las cinco y media puso ambas en agua.
A las seis llamó al número que figuraba en una factura antigua.
Contestó un hombre.
—¿Sí?
—Busco a Julián.
Silencio.
—¿Quién habla?
—Clara. De la florería.
El silencio cambió.
—Ah.
Clara supo antes de que se lo dijera.
—Soy Andrés, el hijo.
Julián había muerto dos días antes.
En su casa.
Mientras dormía.
—Lo siento mucho.
—Gracias.
Clara miró las dos flores.
—Todos los jueves llevaba…
—Sé lo que llevaba.
La forma en que Andrés lo dijo la hizo detenerse.
No preguntó nada más.
Dos semanas después Andrés entró en la florería.
Clara lo reconoció aunque nunca lo había visto.
Tenía la misma forma de quedarse parado antes de hablar.
Sacó un sobre.
—Mi padre dejó esto para usted.
Clara lo abrió.
Clara:
Durante un año quiero pedirle una última molestia.
Los jueves, una amarilla para Elena y una blanca para Teresa.
Andrés sabe dónde llevarlas.
Después de cincuenta y dos jueves, termine.
Los muertos no necesitan obligaciones eternas.
Los vivos tampoco.
Gracias por no preguntarme nunca más de lo que yo quería contar.
Julián.
Clara leyó dos veces la última frase.
—Su padre era bastante mandón.
Andrés sonrió por primera vez.
—No sabe cuánto.
—Sí sé un poco.
El primer jueves Andrés llegó a las cinco.
Clara tenía preparadas las flores.
—¿Cuánto es?
—Ya está pagado.
—¿Todo el año?
—Su padre dejó el dinero.
Andrés cerró los ojos.
—Claro que dejó el dinero.
Tomó las flores.
—Hasta el jueves que viene.
—Hasta el jueves.
La semana siguiente llegó de nuevo.
A la tercera preguntó:
—¿Mi padre hablaba mucho con usted?
—Depende.
—¿Le habló de mi madre?
—Sí.
—¿Y de Teresa?
—También.
Andrés se quedó mirando las flores.
—Seguro que le contó su versión.
—No sabía que hubiera varias.
Él soltó una risa breve.
Sin humor.
—Siempre hay varias.
Clara esperó.
—Yo odié esa relación.
—Eso me contó.
Andrés levantó la vista.
—¿También eso?
—Sí.
Pareció sorprendido.
—Pensé que habría quedado yo como el malo.
—No hablaba de buenos y malos.
Andrés sostuvo la flor blanca.
—Teresa venía a mi casa desde que yo era chico. Era como una tía.
—Entonces debe haber sido difícil.
—Sentí que ocupaba el lugar de mamá.
Clara negó suavemente.
—No sé si lo ocupó.
—Yo sí lo sentí.
—Eso tampoco significa que lo haya ocupado.
Andrés la miró.
No respondió.
Se llevó las flores.
Los jueves fueron construyendo una conversación.
Nunca demasiado larga.
Andrés llegaba.
A veces tomaba café.
Contaba cosas de Julián que Clara no conocía.
—Mi padre decía que Teresa era muy seria.
Andrés soltó una carcajada.
—¿Seria?
—Eso decía.
—Teresa bailó sobre una mesa en mi casamiento.
—Tal vez su padre omitió algunos detalles.
—Mi padre editaba.
—Todos editamos.
Andrés se quedó pensando.
—Es verdad.
Otro jueves contó que Elena era la que hacía todos los arreglos de la casa.
—Mi padre no podía colgar un cuadro derecho.
—Eso explica muchas cosas de su presentación personal.
—¿Qué tiene su presentación?
—Nada. Parecía demasiado prolijo para ser natural.
Andrés rio.
—Mamá le elegía la ropa.
—Eso explica todo.
Con cada historia aparecía un Julián distinto.
El marido.
El viudo.
El padre.
El hombre enamorado por segunda vez.
El hombre que se había peleado con su hijo.
El cliente que durante años había entrado en una florería sin contar casi nada.
Clara empezó a comprender algo que le gustaba.
Las personas no dejaban una versión definitiva de sí mismas.
Dejaban fragmentos repartidos entre quienes las habían conocido.
Al jueves número veintitrés, Andrés llegó enojado.
—Hoy casi no vengo.
—¿Por qué?
—No sé qué sentido tiene esto.
Clara no respondió.
—Mi padre está muerto. Mi madre está muerta. Teresa está muerta. Y yo todos los jueves cruzo media ciudad con dos flores.
Dejó las manos sobre el mostrador.
—Es absurdo.
Clara miró las flores preparadas.
—Puede no llevárselas.
Andrés levantó la cabeza.
—Mi padre lo pidió.
—Su padre también escribió que los muertos no necesitan obligaciones eternas.
—Dijo un año.
—Eso era lo que él quería.
—¿Y qué hago?
—No sé.
Andrés pareció molesto.
—Usted siempre tiene respuestas.
—No.
—Mi padre decía que…
—Su padre venía a comprar flores. No a consultar a una sabia.
Andrés se quedó callado.
Clara señaló la amarilla y la blanca.
—Puede llevárselas.
—Sí.
—Puede no llevárselas.
—Sí.
—Puede llevar una.
—¿Cuál?
—Eso ya sería problema suyo.
Por primera vez Andrés miró realmente las dos flores.
Terminó llevándose ambas.
Pero ya no porque Julián se lo había ordenado.
Eso también era distinto.
La semana treinta y uno llegó más temprano.
—Quiero contarle algo.
—Lo escucho.
—Yo le pedí perdón a Teresa.
Clara no dijo nada.
—Antes de que muriera.
—¿Su padre lo sabía?
—No.
Andrés respiró.
—Fui al hospital. Pensaba quedarme diez minutos.
Terminó quedándose dos horas.
Teresa le había dicho:
—No tienes que quererme para demostrar que quisiste a tu madre.
Andrés bajó la mirada.
—Yo le contesté que no sabía dónde ponerla.
—¿Y ella?
—Me dijo: “No me pongas en ningún lado. Ya encontré mi sitio”.
Clara sintió algo en el pecho.
—Nunca se lo contó a su padre.
—No.
—¿Por qué?
Andrés sonrió con tristeza.
—Orgullo con buenos modales.
Clara recordó a Julián.
—Eso suena bastante familiar.
—Sí.
Llegó el jueves cincuenta y dos.
Clara tenía una flor amarilla.
Una blanca.
Y una tercera.
Azul.
Andrés la vio.
—Esa no estaba en el contrato.
—No.
—¿Para quién es?
—Julián.
Andrés se quedó mirándola.
—Él nunca pidió una.
—Por eso la elegí yo.
Fueron juntos.
Era la primera vez que Clara iba al cementerio.
Elena estaba enterrada bajo un árbol.
Andrés dejó la flor amarilla.
A unos metros estaba Teresa.
Flor blanca.
Clara miró alrededor.
—¿Y Julián?
Andrés señaló un nicho cercano.
—Allí.
—¿Tan lejos?
—Él lo eligió.
—¿Por qué?
Andrés sonrió.
—Dijo que no pensaba pasar la eternidad en el medio de dos mujeres diciéndole qué hacer.
Clara se echó a reír.
—Eso sí me suena a él.
Dejó la flor azul frente al nombre de Julián.
Permanecieron un momento en silencio.
Andrés miró las tres flores.
—¿Y ahora qué hago los jueves?
Clara se encogió de hombros.
—Lo que quiera.
—No estoy acostumbrado.
—Se aprende.
Caminaron hacia la salida.
Antes de cruzar la puerta, Andrés preguntó:
—¿Usted toma café los jueves?
Clara lo miró.
—Tomo café todos los días.
—No fue eso lo que pregunté.
—Ya sé.
El jueves siguiente Andrés apareció a las cinco y cuarto.
Sin encargo.
Sin flores.
Llevaba dos cafés.
—No pienso pagar una flor —dijo.
—Entonces está en el negocio equivocado.
—Me arriesgo.
Se quedaron hablando media hora.
La semana siguiente volvió.
Después otra.
No empezó una gran historia de amor.
Ni Clara estaba esperando una.
Ni Andrés necesitaba reemplazar nada.
Empezó algo más pequeño.
Y quizá por eso más verdadero.
Una conversación que se repetía.
Un café.
Algún paseo.
Dos personas que no tenían ninguna obligación de verse y empezaron a hacerlo de todos modos.
Meses después Andrés entró con una flor amarilla.
La apoyó sobre el mostrador.
Clara la miró.
—¿Para quién?
—Para usted.
—Elegiste amarillo.
—Sí.
—Era la flor de tu madre.
—Era una flor que le gustaba a mi madre.
Andrés sostuvo su mirada.
—No significa que nadie más pueda recibir una.
Clara sonrió.
Buscó un jarrón pequeño.
Distinto de los que había usado durante años para preparar los encargos de Julián.
Lo llenó de agua.
Puso allí la flor.
Andrés abrió los cafés.
Ninguno dijo nada durante un rato.
La flor amarilla estaba entre ellos.
Había pertenecido durante años a una historia anterior.
Ahora no la reemplazaba.
No la borraba.
Simplemente estaba empezando a significar algo más.
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