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Familias elegidas y heredadas

La videollamada del cumpleaños

Mercedes cumple ochenta. Lograr que toda la familia aparezca al mismo tiempo en pantalla resulta ser otra celebración.

Mercedes había puesto la mesa para diez personas.

Sólo una de ellas estaba en la habitación.

Ella.

Los otros nueve aparecerían, en teoría, dentro de una pantalla.

Cumplía ochenta años.

Su familia estaba repartida en cuatro ciudades y dos países, y por primera vez ninguno podía viajar.

Su hija mayor había propuesto posponer la celebración.

Mercedes se negó.

—Los ochenta me caen hoy.

Así que organizaron una videollamada.

A las siete en punto, Mercedes estaba sentada frente a la torta.

Vestida.

Peinada.

Con el teléfono apoyado sobre tres libros porque su nieta le había explicado que desde abajo “la cámara hace cosas raras”.

Entró la primera llamada.

Apareció su hijo.

Sólo se veía una oreja.

—Roberto.

—¿Mamá?

—Te veo una oreja.

—¿Me escuchas?

—La oreja no habla, pero tú sí.

Después apareció su nieta Clara.

—Abuela, estás sin sonido.

Mercedes señaló la pantalla.

—Te estoy hablando.

Clara movió los labios.

Mercedes no oyó nada.

Entró otra hija.

Después dos nietos conectados desde el mismo sofá, cada uno con su propio teléfono.

Se produjo un eco insoportable.

—Uno de los dos tiene que salir —gritó alguien.

—¿Salir de dónde?

—¡De la llamada!

Un perro empezó a ladrar.

Una pantalla mostró un techo.

Otra, media cara.

Y de pronto apareció un recuadro negro con un nombre:

GALAXY A52

Mercedes lo observó.

—¿Quién es Galaxy?

Nadie sabía.

—Si es de la familia, que salude.

Hubo risas.

Mercedes también rio.

Pero cuando creyó que ya estaba todo, contó las ventanas.

Uno.

Dos.

Tres.

Hasta nueve.

Faltaba alguien.

—¿Dónde está Nico?

Se hizo un silencio.

Su nieto Nicolás estudiaba fuera del país.

Había prometido conectarse.

—Debe de haberse complicado —dijo su hija.

Mercedes miró la torta.

—Esperamos.

—Mamá, allí son casi las once de la noche.

—Los ochenta llevan ochenta años esperando. Pueden esperar cinco minutos más.

Pasaron tres.

Después cuatro.

Entonces apareció una nueva ventana.

Nicolás.

Con una bufanda puesta y una calle oscura detrás.

—¡Abuela!

Mercedes sonrió de una forma distinta.

—Llegaste.

—Salí del trabajo corriendo.

—Pues deja de correr. Ya estás.

Ahora sí eran todos.

O casi.

Galaxy A52 seguía allí.

—Bueno —dijo Mercedes—. Canten antes de que alguno desaparezca.

Empezaron.

Fue un desastre.

Roberto iba adelantado.

Clara llegó tarde al “feliz”.

Nicolás se congeló en mitad de una palabra.

El perro ladró encima del nombre.

Mercedes sopló las velas.

La imagen quedó congelada justo cuando tenía los ojos cerrados y las mejillas infladas.

—¡Foto! —gritó alguien.

Una de sus hijas hizo una captura.

Cuando terminó la llamada se la mandaron.

Mercedes abrió la imagen.

Nueve recuadros.

Una oreja.

Una cara cortada.

Un niño mirando hacia otro lado.

Nicolás congelado.

Ella soplando las velas.

Y el misterioso:

Galaxy A52

Su hija llamó.

—Mamá, mañana hacemos otra captura. Ésta salió horrible.

—No.

—¿No qué?

—Quiero ésta.

—Pero nadie salió bien.

Mercedes amplió la imagen.

—Salimos todos.

La imprimió.

Debajo escribió:

Cumpleaños 80. Nueve familiares, un perro y Galaxy A52.

Días después, su nieta Clara le mandó un pequeño video que había grabado durante la llamada.

Mercedes se vio intentando activar el micrófono.

—¿Ahora?

Todos movían la cabeza.

—¿Ahora?

Nada.

—¿Ahora me escuchan?

De pronto nueve voces contestaban a la vez:

—¡SÍ!

En el video Mercedes se echaba a reír.

Su hija, sentada a su lado, dijo:

—Bórralo.

—¿Por qué?

—Porque se ve todo lo que te costó.

Mercedes volvió a reproducirlo.

—Precisamente.

—¿Qué tiene de bonito pelearte diez minutos con un micrófono?

Mercedes detuvo el video justo cuando aparecía Nicolás desde la otra punta del mundo.

—Esto.

El año siguiente la familia volvió a organizar una videollamada.

Esta vez Mercedes entró primero.

Comprobó el micrófono.

Colocó el teléfono a la altura correcta.

Hasta había aprendido a cambiar el nombre del dispositivo.

A las siete y cinco apareció Roberto.

Movía la boca.

No se oía nada.

Mercedes esperó.

—Mamá, ¿me escuchas?

Ella sonrió.

—Perfectamente.

Hizo una pausa.

—Pero tú estás sin sonido.

Todos se echaron a reír.

Mercedes también.

Detrás de ella, en un marco, estaba la foto del cumpleaños anterior.

Nadie salía perfecto.

Por eso nunca la cambió.

Había aprendido a usar mejor las videollamadas.

Pero aquella fotografía le recordaba algo más importante:

estar juntos nunca había significado hacerlo todo bien.

Sólo conseguir estar.

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