Viajes cercanos y lejanos
La mujer del asiento 14
Una pasajera deja de tomar el tren. Debajo de su asiento aparece una fotografía y una dirección.
Durante siete años, Clara tomó el tren de los jueves a las 8:10.
Y durante siete años una mujer de cabello blanco se sentó en el asiento 14.
Siempre el mismo.
Siempre junto a la ventana.
Nunca hablaron.
Clara sabía, sin saber por qué, que la mujer bajaba una estación después que ella.
Sabía que llevaba caramelos de menta en el bolso.
Que leía el periódico doblándolo en cuatro.
Que los días de lluvia usaba un impermeable azul.
Esas pequeñas cosas que uno aprende de las personas con las que comparte mucho tiempo sin compartir una sola conversación.
Un jueves el asiento 14 estaba vacío.
Clara apenas lo notó.
El jueves siguiente volvió a estar vacío.
Al tercero encontró una fotografía debajo.
Dos niñas frente a una casa.
Una tendría diez años.
La otra, doce.
Detrás había una dirección.
Y dos palabras:
Elena y Matilde.
Clara guardó la foto.
No tenía ninguna razón para hacerlo.
Pero desde hacía dos años llevaba también en su teléfono un número que nunca se decidía a borrar.
El de su hermana Julia.
Quizá por eso, cuando el sábado vio que la dirección quedaba a veinte minutos de la estación, fue.
La casa seguía allí.
Persianas cerradas.
Jardín crecido.
Enredaderas sobre la pared.
En la puerta había dos iniciales casi borradas.
E / M
Una mujer salió de la vivienda de al lado.
—¿Busca a alguien?
Clara mostró la fotografía.
La vecina sonrió.
—Elena y Matilde.
—¿Las conoció?
—Claro. Vivieron aquí desde niñas.
Señaló la fotografía.
—Matilde es ésta.
Clara reconoció inmediatamente a la mujer del asiento 14.
—¿Vive aquí?
La sonrisa de la vecina desapareció.
—No entra en esta casa desde que murió Elena.
—¿Cuándo fue?
—Hace más de cincuenta años.
Clara miró la fachada.
—Pero yo la veo pasar por aquí todas las semanas.
La vecina asintió.
—Eso sí.
—¿Por qué?
—Tendrá que preguntárselo a ella.
La encontró a través de un centro para mayores.
Matilde abrió la puerta con cautela.
Clara mostró la fotografía.
La mujer se quedó inmóvil.
—¿Dónde la encontró?
—Debajo de su asiento en el tren.
Matilde la tomó con ambas manos.
—Creí que la había perdido.
—Soy Clara. Viajo los jueves en el mismo tren.
—Ya sé.
Aquello la sorprendió.
Matilde sonrió.
—Usted siempre lleva café en un vaso demasiado grande.
Clara rio.
Era extraño descubrir que también había sido observada.
—Fui a la casa.
La sonrisa de Matilde desapareció.
—No debió hacerlo.
—Lo siento.
—No es culpa suya.
Matilde volvió a mirar la foto.
—Elena era mi hermana.
—Me dijeron que murió.
—Sí.
—¿Y usted toma ese tren para pasar por la casa?
Matilde asintió.
—Bajo una parada después. Camino hasta la esquina. La miro. Después vuelvo.
—¿Todos los jueves?
—Todos.
Clara dudó.
—¿Por qué no entra?
Matilde tardó en responder.
—Porque algunas puertas se vuelven más difíciles cuanto más tiempo pasas sin abrirlas.
Clara entendió demasiado bien la frase.
La semana siguiente se sentó frente al asiento 14.
Matilde la miró.
—Eso es nuevo.
—Pensé que podíamos presentarnos oficialmente.
—Después de siete años.
—No conviene precipitarse.
Matilde sonrió.
Cuando llegó su estación, Clara no bajó.
—¿Qué hace?
—Hoy tengo tiempo.
Matilde comprendió.
—No le pedí que viniera.
—Lo sé.
—Puede arrepentirse.
—También.
Bajaron juntas.
Caminaron hasta la casa.
Matilde se detuvo en la esquina.
Sacó una llave del bolso.
La sostuvo un momento.
—La llevo conmigo desde hace cincuenta y dos años.
—Eso parece incómodo.
—Muchísimo.
Caminaron hasta la puerta.
Matilde tardó casi un minuto en introducirla.
Entró sola.
Clara esperó fuera.
Veinte minutos.
Treinta.
A los cuarenta estuvo a punto de llamar.
Entonces Matilde salió.
Tenía los ojos rojos.
En una mano sostenía una cinta azul.
—¿Está bien?
Matilde miró la casa.
—No sé.
—¿Cómo estaba?
—Más pequeña.
Sonrió.
—Todo lo que uno teme durante muchos años termina ocupando demasiado espacio.
Se sentó en el escalón.
—Elena y yo nos peleamos seis meses antes de que muriera.
Clara se sentó a su lado.
—¿Por qué?
—Ya no me acuerdo bien.
Aquello parecía peor.
—Yo quería casarme. Ella odiaba al hombre con quien iba a hacerlo. Me dijo cosas horribles. Yo también.
Matilde hizo girar la cinta entre los dedos.
—Esperaba que me llamara.
—¿Y ella?
—Probablemente esperaba lo mismo.
—¿Ninguna lo hizo?
Matilde negó.
—Después enfermó de repente.
Clara guardó silencio.
—Durante años me dije que no entraba a la casa porque me dolía —continuó Matilde—. No era sólo eso.
—¿Qué era?
—Vergüenza.
La miró.
—Había convertido seis meses de orgullo en cincuenta años de castigo.
Matilde vendió la casa tres meses después.
Clara recibió una postal.
La fotografía mostraba la fachada con las ventanas abiertas.
En el reverso:
La compró una familia con dos niñas.
No les dejé la cinta azul. Al final entendí que era de Elena y mía. Hay cosas que uno puede soltar sin regalárselas a nadie.
Debajo había otra frase:
Gracias por sentarse enfrente.
Clara guardó la postal.
Esa noche abrió el teléfono.
Buscó el nombre de Julia.
Llevaban dos años sin hablar.
La discusión sí la recordaba.
Demasiado bien.
El cuidado de su padre.
Quién había estado más.
Quién había llamado menos.
Dinero.
Reproches.
Palabras que no podían recogerse después.
Clara escribió:
El jueves tomo el tren de las 8:10.
Borró el mensaje.
Lo escribió de nuevo.
Si quieres, podríamos tomar un café.
Lo envió.
Pasaron veinte minutos.
Nada.
Una hora.
Nada.
Clara dejó el teléfono sobre la mesa.
A la mañana siguiente había una respuesta.
¿En la estación?
Clara escribió:
Sí.
Aparecieron tres puntos.
Después:
¿Dónde nos vemos?
Clara miró la postal de Matilde.
Respondió:
Yo voy a estar en el asiento 14.
Julia tardó menos esta vez.
Entonces déjame el 15.
El jueves Clara llegó temprano.
El asiento 14 estaba libre.
Por primera vez en siete años, no le pareció vacío.
Le pareció reservado.
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