Saltar al contenido principal
← Volver a Historias para leer

Decisiones

La foto de mañana

Paula recibe una fotografía de su propia cocina. Hay un detalle imposible: fue tomada mañana.

La primera fotografía llegó a las 8:43 de un martes.

Paula estaba preparando café.

No venía de ningún contacto.

No tenía texto.

Mostraba su cocina.

La misma mesa.

La misma taza azul.

La misma planta junto a la ventana.

Pensó que alguien había entrado en su casa.

Amplió la imagen.

En la pantalla del horno se leía 22:14.

Abajo figuraba una fecha.

Miércoles.

El día siguiente.

Paula bloqueó el número.

Revisó puertas y ventanas.

Nada.

A la mañana siguiente llegó otra fotografía.

La cocina otra vez.

Un hombre estaba arrodillado junto al fregadero.

Paula llamó a la policía.

No encontraron señales de entrada.

—Puede ser una foto editada —dijo un agente.

—¿De mi cocina?

—Hoy se puede hacer casi cualquier cosa.

A las diez de la noche se rompió una tubería.

El agua salió con tanta fuerza que Paula tuvo que cerrar la llave general.

El plomero llegó a las 22:06.

A las 22:14 estaba exactamente en la posición de la fotografía.

Paula miró el horno.

22:14.

Sintió que el cuerpo se le enfriaba.

No durmió.

La tercera imagen llegó a la mañana siguiente.

La cocina otra vez.

Pero no la cocina actual.

Los muebles estaban cambiados.

La planta era enorme.

Había otro color en las paredes.

En la mesa estaba Paula.

Mucho mayor.

Cabello canoso.

Junto a ella, una chica de unos dieciocho años.

Debajo aparecía una frase:

SE LLAMA SOFÍA. NO BORRES LAS FOTOS.

Paula tenía treinta y nueve años.

No tenía hijos.

Ni pareja.

Durante semanas no llegó nada más.

Guardó las imágenes en un disco externo.

No se las mostró a nadie.

Dos años después conoció a Marcos.

Cinco años después, en una sala de parto, una enfermera preguntó:

—¿Nombre?

Paula y Marcos habían discutido durante meses entre Julia, Malena y Sofía.

Paula miró a la bebé.

La reconoció antes de que la lógica pudiera intervenir.

—Sofía —dijo.

Marcos sonrió.

—Sofía entonces.

Paula nunca le contó por qué.

La fotografía que había parecido imposible se convirtió en una especie de reloj secreto.

Cada cumpleaños acercaba a la niña a los dieciocho.

Paula intentó no pensar en eso.

No pudo.

Cuando Sofía tuvo fiebre por primera vez, Paula recordó la foto.

Cuando empezó a caminar, recordó la foto.

Cuando cruzó sola una calle, cuando fue a dormir a casa de una amiga, cuando empezó el colegio, cuando pidió viajar en colectivo sin compañía.

Marcos terminó notándolo.

—La cuidas como si estuvieras esperando algo.

—Todas las madres esperan algo.

—No así.

Paula se enojó.

Porque tenía razón.

A los ocho años, Sofía encontró el disco externo.

—¿Qué es esto?

Paula se lo quitó demasiado rápido.

—Fotos viejas.

—¿De qué?

—De antes.

—¿Antes de mí?

—Sí.

Sofía sonrió.

—Entonces son aburridas.

A los doce quiso ir sola al colegio.

A los quince pidió ir a un recital con amigas.

Paula dijo que no.

Discutieron.

Sofía gritó:

—¡No puedes controlar todo!

La frase quedó en la casa mucho después de que ella cerrara la puerta de su cuarto.

Paula abrió por primera vez en años la fotografía.

Sofía, dieciocho.

Ella, mayor.

Las dos en la cocina.

Nada en la imagen parecía trágico.

Eso era lo peor.

Si había una advertencia, no sabía cuál.

Si era sólo una fotografía del futuro, estaba arruinando años presentes por algo que quizá no necesitaba evitarse.

Empezó a trabajar en eso.

No dejó de tener miedo.

Dejó de obedecerlo siempre.

Sofía fue al recital.

Viajó en colectivo.

Se equivocó.

Volvió tarde.

Aprendió cosas sin su madre al lado.

Y llegó a los dieciocho.

Una tarde, mientras reformaban la cocina, Sofía encontró un sobre detrás de un mueble empotrado.

—Mamá, esto tiene tu letra.

Paula lo abrió.

La letra era suya.

Pero más temblorosa.

Más inclinada.

Decía:

Si esto funcionó, todavía tienes tiempo.

No intentes entender de dónde salieron las fotos.

El 17 de septiembre, no dejes que Sofía viaje sola.

Paula levantó la vista.

—¿Qué día es hoy?

—Dieciséis.

Sobre una silla estaba la mochila de Sofía.

Al día siguiente iba a viajar sola por primera vez para pasar el fin de semana con amigas.

Habían hablado de ese viaje durante semanas.

Paula había prometido no llamar cada media hora.

—Voy contigo.

Sofía se rio.

—No.

—Sí.

—Mamá, cumplí dieciocho.

—Ya sé.

—¿Entonces?

Paula le mostró la carta.

Sofía la leyó.

—Esto es una locura.

—Sí.

—¿Y vas a cambiar todo por una carta que nadie sabe quién escribió?

—La escribí yo.

—No.

—Tiene mi letra.

—Eso no significa que la hayas escrito tú.

Paula se quedó callada.

La frase era razonable.

También era exactamente el tipo de razonamiento que ella llevaba dieciocho años intentando recuperar.

Marcos leyó la carta.

—¿Y si ir con ella es lo que provoca lo que quieres evitar?

Paula lo miró.

No había pensado en eso.

Sofía cruzó los brazos.

—Voy a viajar.

Paula respiró.

—Entonces voy contigo hasta la conexión. Después sigues sola.

—Eso es ridículo.

—Es mi oferta final a lo sobrenatural.

Sofía quiso seguir enojada.

No pudo evitar sonreír.

El viaje empezó a las siete.

Durante las primeras horas no pasó nada.

A mediodía llegaron a una estación donde Sofía debía cambiar de micro.

—Hasta acá —dijo ella.

Paula asintió.

Le costó más de lo que esperaba.

—Mándame cuando subas.

—Sí.

—Y cuando llegues.

—Sí.

—Y si…

—Mamá.

Paula levantó las manos.

—Listo.

Sofía fue a comprar agua.

Paula la perdió de vista menos de un minuto.

Oyó un frenazo.

Un golpe.

Gritos.

Corrió.

Un auto había subido a la vereda.

La botella de Sofía estaba en el piso.

Paula sintió que el mundo se vaciaba.

—¡Sofía!

La encontró detrás de una columna, temblando.

Una mujer la sostenía del brazo.

Tendría unos setenta años.

Cabello blanco recogido.

—¿Estás bien? —preguntó Paula.

Sofía asintió.

—Ella me tiró para atrás.

Paula miró a la mujer.

El rostro le resultó extrañamente familiar.

—Gracias.

La mujer la miró como si fuera a decir algo.

En ese momento alguien gritó pidiendo un médico.

Paula volvió la cabeza apenas dos segundos.

Cuando miró de nuevo, la mujer no estaba.

La buscaron.

Nada.

Sofía perdió el micro.

Tomaron otro una hora después.

Esa noche regresó a casa en lugar de seguir con el viaje.

No por imposición de Paula.

Porque ella lo decidió.

En la cocina, Sofía dijo:

—Ahora me cuentas todo.

Paula abrió el viejo disco.

Primera foto.

Segunda.

Tercera.

Sofía se quedó quieta frente a la imagen de las dos en aquella cocina futura.

—Ésta soy yo.

—Sí.

—Y tú.

—Sí.

Sofía amplió.

Sobre la mesa había dos boletos.

Los mismos que habían usado ese día.

Paula sintió frío.

—Eso no estaba antes.

—¿Estás segura?

—Sí.

Sofía amplió más.

—Mamá.

—¿Qué?

—Mira la ventana.

En el reflejo oscuro había una tercera figura.

Una mujer mayor.

Cabello blanco recogido.

La misma de la estación.

Paula acercó la cara a la pantalla.

Conocía esos ojos.

Conocía la forma de la boca.

Era ella.

Mucho más vieja.

Sofía la miró.

—Eras tú.

Paula no respondió.

Debajo de la fotografía, donde durante dieciocho años sólo había dicho SE LLAMA SOFÍA, apareció una segunda línea.

AHORA SABES POR QUÉ TENÍAS QUE IR.

Sofía leyó en voz alta.

—¿Tenías que ir? ¿Tú?

Paula sintió que la respuesta estaba ahí.

No en la foto.

En la estación.

La carta no había dicho “impedí el viaje”.

Había dicho “no la dejes viajar sola”.

No había enviado a Paula para proteger a Sofía de todo.

La había enviado para que estuviera en un lugar preciso.

—Creo que no fui para salvarte —dijo.

Sofía frunció el ceño.

—¿Entonces?

Paula señaló a la mujer del reflejo.

—Fui para aprender dónde tenía que estar algún día.

Guardaron las fotos.

A la mañana siguiente Sofía volvió a preparar la mochila.

Paula la vio desde la puerta.

—¿Vas a ir?

—Sí.

Paula sintió el viejo impulso de decir que no.

En vez de eso preguntó:

—¿A qué hora sale el micro?

—A las diez.

—Te llevo a la terminal.

Sofía sonrió.

—Eso sí.

Dieciocho años antes, Paula había recibido una fotografía del futuro y la había convertido en una amenaza.

Recién ahora entendía que quizá nunca había sido eso.

Algunas imágenes no llegan para decirnos qué debemos impedir.

Llegan para asegurarse de que, cuando llegue el momento, sepamos dónde estar.

¿Te gustó esta historia?

Lo que marques queda en este dispositivo y sólo sirve para elegir qué historia te proponemos después. No se envía a ninguna parte.

Gracias por compartir este rato con la historia. Puedes elegir otra por tema o dejar la próxima para otro día.

¿Qué quieres hacer ahora?

Volver a Historias para leer