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Familias elegidas y heredadas

La familia quiere una foto

Dieciséis personas sólo quieren una foto buena. Sesenta y tres intentos después, todavía no están de acuerdo.

La abuela había pedido una sola cosa para sus ochenta y cinco años:

—Quiero una foto con todos.

Parecía sencillo.

No lo era.

Eran dieciséis personas.

Tres generaciones.

Dos perros.

Un bebé que dormía cuando debía estar despierto y lloraba cuando todos los demás estaban listos.

Y una familia completa convencida de que sabía exactamente cómo debía organizarse la foto.

—Los altos atrás —dijo Rodolfo.

—Entonces papá tapa a la tía Mirta —dijo alguien.

—Yo no quiero estar en el borde —protestó Mirta.

—¿Por qué?

—Porque siempre recortan al del borde.

—Nadie va a recortar a nadie.

—Eso dicen ahora.

La abuela estaba sentada en el centro del jardín, vestida con una blusa color coral que había elegido especialmente.

Observaba la discusión con una paciencia que sólo podía venir de ochenta y cinco años de experiencia.

—¿Van a sacar la foto o vamos a esperar a que cumpla ochenta y seis?

Rodolfo levantó el teléfono.

—Todos mirando aquí.

Primer intento.

Sin Rodolfo.

Había activado mal el temporizador y no llegó a entrar en cuadro.

—Otra.

Segundo intento.

Rodolfo llegó.

La abuela estaba mirando al bebé.

—Otra.

Tercero.

Uno de los perros decidió irse.

—¿Quién soltó a Pipo?

—Nadie lo soltó. Es un perro.

—Pues que alguien le explique que es una foto familiar.

Cuarto intento.

Tomás cerró los ojos.

—Otra.

Quinto.

La pequeña Emma levantó el vestido justo en el momento exacto.

—Ésa se borra —dijo su madre.

—Guárdala para su casamiento —dijo el abuelo de alguien.

La abuela empezó a reír.

—No la alienten.

En la foto doce, Marcelo dijo:

—Salgo gordo.

—Marcelo, no es la cámara —respondió su hermana.

—Gracias por el apoyo familiar.

En la dieciocho, Mirta exigió cambiarse de lugar.

—Esa luz me mata.

Rodolfo miró el cielo.

—Es el sol.

—Pues muévanlo.

En la veintisiete, el temporizador sacó una fotografía perfecta del césped.

En la treinta y uno, Emma empezó a llorar.

En la treinta y seis, alguien preguntó:

—¿Falta Santiago?

Todos miraron alrededor.

Santiago estaba dentro de la casa buscando hielo.

—¿Por qué?

—Porque alguien se golpeó.

—¿Quién?

—Santiago.

La abuela se llevó una mano a la frente.

—Esto es mejor que la televisión.

En la foto cuarenta, los dos perros miraban perfectamente a cámara.

Ninguna persona lo hacía.

—Ésta es extraordinaria —dijo Rodolfo.

—Bórrala —contestaron cinco voces.

A la foto cincuenta y ocho ya nadie sonreía.

Las sonrisas se habían convertido en esa expresión rígida que usan las personas cuando alguien les dice por séptima vez:

—Natural.

La abuela seguía sentada en el centro.

—A mí me gustaban más cuando discutían.

Rodolfo bajó el teléfono.

—Última.

—Eso dijiste hace diez fotos.

—Esta es la última de verdad.

Hubo cuatro últimas más.

En el intento sesenta y tres, Rodolfo miró la pantalla y se rindió.

—Terminamos.

—¿Tenemos una buena? —preguntó la abuela.

Nadie respondió.

Entraron a comer.

Después de la torta comenzó la segunda parte del problema.

Revisar las fotos.

Todos se amontonaron alrededor del teléfono de Rodolfo.

—Ésa no.

—Tengo los ojos cerrados.

—Yo salgo bien.

—Claro, pero los otros quince no.

—Mira mi pelo.

—¿Qué tiene?

—Exactamente.

—En ésta mamá está perfecta.

—Sí, pero falta Rodrigo.

—¿Cómo puede faltar alguien después de sesenta fotos?

—Sesenta y tres.

—Peor.

La abuela comía torta mientras escuchaba.

No pidió verlas.

Hasta que Sofía, la nieta menor, encontró una imagen extra.

—Esperen.

—¿Qué?

—Hay una que no numeramos.

Era una fotografía tomada por accidente.

Probablemente Rodolfo había tocado el botón mientras discutían sobre dónde colocar a Mirta.

Nadie miraba a cámara.

La abuela estaba inclinada hacia adelante, riéndose.

Rodolfo aparecía de perfil señalando algo fuera del cuadro.

Emma estaba subida a una silla.

Marcelo tenía una copa en la mano y la boca abierta en mitad de una frase.

Mirta echaba la cabeza hacia atrás de risa.

Uno de los perros era apenas una mancha marrón cruzando el jardín.

El otro miraba la mesa.

La foto estaba un poco movida.

La luz no era perfecta.

La composición era desastrosa.

La abuela dejó el tenedor.

—Ésa.

Rodolfo amplió la imagen.

—Pero está movida.

—Nosotros también.

—Mamá, tenemos otras mucho mejores.

—No.

La abuela señaló la pantalla.

—Ésa somos nosotros.

Mirta se acercó.

—Yo salgo espantosa.

—Tú estabas riéndote.

—Precisamente.

La abuela tomó el teléfono.

Miró la fotografía durante varios segundos.

—Quiero ésta impresa.

Rodolfo suspiró.

—Te puedo arreglar un poco la luz.

—No.

—No voy a cambiar nada. Sólo mejorarla.

—No.

—Mamá...

La abuela lo miró.

—Rodolfo, llevo ochenta y cinco años mejorando mi cara personalmente. A esta altura no necesito ayuda digital.

Todos se rieron.

—Sólo la luz —insistió él.

—La luz estaba así.

—Puedo borrar esa silla.

—La silla estaba ahí.

—Y el perro salió movido.

—El perro se mueve.

Rodolfo se rindió.

—Bien.

La abuela devolvió el teléfono.

—La foto como salió.

Una semana después Rodolfo llevó una copia grande.

La abuela la puso sobre un mueble del comedor.

Comenzaron las quejas.

Mirta:

—No puedo creer que hayas elegido ésta.

Marcelo:

—Parezco estar gritando.

—Estabas gritando.

—Estaba hablando fuerte.

La madre de Emma:

—Mi hija está arriba de una silla.

—También era verdad.

Rodolfo volvió a ofrecer:

—Todavía puedo retocarla.

La abuela negó.

—No quiero que me arreglen la cara.

—Nadie habló de tu cara.

—Empiezan con la luz y terminan quitándome las arrugas.

—No iba a hacerlo.

—Más te vale.

Se acercó al cuadro.

—Además, si me quitan las arrugas, dentro de veinte años alguien va a preguntar quién es esa señora.

Nadie encontró una respuesta mejor.

La foto quedó como estaba.

Durante los años siguientes aparecieron otras fotografías familiares.

Navidades.

Cumpleaños.

Casamientos.

Bautismos.

Una foto especialmente organizada para los noventa de la abuela.

Aquella vez contrataron incluso a un fotógrafo.

La imagen quedó impecable.

Todos mirando.

Todos enfocados.

Buena luz.

Los perros fuera de cuadro.

Mirta satisfecha.

La abuela la miró cuando se la entregaron.

—Muy linda.

—¿La ponemos en el comedor? —preguntó Rodolfo.

—No.

Señaló la vieja foto movida.

—Ésa ya tiene su lugar.

—Pero ésta está mucho mejor.

La abuela sonrió.

—Por eso mismo.

Rodolfo nunca consiguió entender del todo qué quería decir.

Hasta años después.

Cuando la abuela murió, la familia volvió a reunirse.

Esta vez nadie había pedido una foto.

La casa estaba extrañamente silenciosa.

Había que decidir qué conservar.

Qué repartir.

Qué regalar.

Qué guardar aunque nadie supiera por qué.

En el comedor seguía la fotografía de los ochenta y cinco.

Mirta la tomó.

—Qué horror.

Rodolfo sonrió.

—Durante años dijiste eso.

Mirta pasó un dedo sobre el marco.

—Ahora me encanta.

—¿Por qué?

Ella respondió sin pensarlo:

—Porque está ella.

Rodolfo miró la fotografía.

La abuela riéndose.

No posando.

No esperando el disparo.

Riéndose.

Por primera vez entendió algo.

En la foto perfecta de los noventa, su madre miraba a cámara.

En ésta estaba viviendo.

Mientras vaciaban un cajón, Sofía encontró el teléfono viejo de la abuela.

Todavía encendía.

Revisaron las fotografías para decidir cuáles guardar.

Había una carpeta creada por ella.

El nombre:

LA FOTO BUENA

—Mira —dijo Sofía.

La abrió.

Esperaban encontrar aquella imagen.

No estaba sola.

Había sesenta y tres fotografías.

Todas.

La primera, sin Rodolfo.

La segunda, con la abuela mirando al bebé.

La tercera, sin perro.

Tomás con los ojos cerrados.

Emma levantándose el vestido.

Marcelo protestando.

Mirta cambiándose de sitio.

El césped vacío.

La niña llorando.

Los perros perfectos.

Los humanos desastrosos.

Y la última.

La que estaba enmarcada.

—Las guardó todas —dijo Carolina.

—No entiendo —respondió Rodolfo—. Me pidió que imprimiera una.

Sofía siguió mirando.

Había una nota escrita por la abuela dentro de la carpeta.

Leyó:

NO BORREN NINGUNA.

EN LAS BUENAS SALIMOS LINDOS.

EN LAS MALAS SALIMOS NOSOTROS.

Nadie habló durante unos segundos.

Después Mirta dijo:

—Bueno, en la dieciocho yo tenía razón. Esa luz era espantosa.

Todos empezaron a reír.

Rodolfo conectó el teléfono al televisor.

Proyectaron las sesenta y tres.

Una por una.

En la doce Marcelo protestaba por su peso.

—No estaba tan gordo.

—Marcelo, han pasado doce años y sigues discutiendo con la fotografía.

En la veintisiete apareció el césped.

—Una obra maestra —dijo Rodolfo.

En la treinta y uno Emma lloraba.

Ahora Emma tenía diecinueve años.

—¿Por qué nadie me bajó de esa silla?

—Porque estabas insoportable.

—Tenía siete años.

—Exactamente.

En la cuarenta los perros miraban a cámara.

Uno de ellos ya había muerto.

Hubo un pequeño silencio.

—Mira a Pipo —dijo alguien.

Retrocedieron la imagen.

La dejaron unos segundos más.

Después siguieron.

Llegaron a la sesenta y tres.

La abuela riendo.

Nadie pidió pasar rápido.

Una hora más tarde habían olvidado por completo que estaban vaciando una casa.

Contaban historias.

Discutían fechas.

Corregían versiones.

Recordaban cosas que otros habían olvidado.

La fotografía había dejado de ser una imagen.

Era una puerta.

Mirta miró la pantalla.

—Al final tenía razón.

—¿Sobre qué?

—La foto buena eran todas.

Rodolfo tomó el teléfono.

—Entonces hagamos una.

Dieciséis personas lo miraron.

—No.

—Ni loco.

—Hoy no.

—No estoy arreglada.

—Yo salgo fatal.

—Rodolfo, guarda eso.

Él levantó el teléfono.

—Perfecto.

Tomó la foto igualmente.

Nadie estaba listo.

Sofía miraba hacia otro lado.

Marcelo estaba hablando.

Mirta acababa de levantar una mano para protestar.

Emma se reía.

Y en el centro había una silla vacía que nadie había colocado a propósito.

Cuando vieron la imagen, ninguno sugirió repetirla.

Rodolfo la guardó en una carpeta nueva.

Durante unos segundos dudó qué nombre ponerle.

Después escribió:

LA FOTO BUENA 2

Y no borró ninguna.

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