Decisiones
Habitación 308
Una mujer pide ayuda desde la habitación de enfrente. El hotel asegura que esa habitación no existe.
Alicia llegó al hotel a la una y diecisiete de la madrugada, después de seis horas de ruta bajo una lluvia que parecía no terminar nunca.
En recepción había una mujer rubia, de unos cincuenta años, con uniforme gris y una expresión demasiado despierta para esa hora.
—Alicia Ferreyra —dijo Alicia, dejando el documento sobre el mostrador.
La recepcionista revisó la reserva.
—Habitación 307. Tercer piso, al fondo a la derecha.
Le entregó una tarjeta magnética.
—¿Desayuno?
—De siete a diez.
—No pienso estar despierta a las siete.
La mujer sonrió apenas.
—Entonces no baje.
Alicia levantó la vista.
—¿Perdón?
—Dije que puede bajar más tarde.
Alicia estaba demasiado cansada para decidir si había escuchado bien.
Subió.
El tercer piso tenía un pasillo estrecho, alfombra gris y lámparas amarillas que dejaban zonas oscuras entre una puerta y otra.
Encontró la 307.
Frente a ella estaba la 308.
La placa de bronce tenía una marca negra en un borde, como si alguna vez hubiera estado expuesta al fuego.
Alicia entró en su habitación, se duchó y llamó a su hija.
—Llegué.
—¿Todo bien?
—Estoy muerta.
—No uses esa frase en un hotel viejo.
—¿Por qué?
—Porque después pasan cosas y la culpa es mía.
Alicia se rio.
—Mañana te llamo.
Apagó.
A la una y cuarenta y tres escuchó tres golpes.
No eran en su puerta.
Venían de enfrente.
Esperó.
Tres golpes más.
Alicia abrió apenas.
La puerta de la 308 estaba entreabierta.
Una mujer de unos sesenta años asomó la cabeza.
Llevaba una bata azul.
El cabello estaba húmedo.
—Perdón —dijo—. ¿Puede ayudarme?
Alicia abrió un poco más.
—¿Qué pasó?
—La puerta no abre desde adentro.
La frase no tenía sentido. La mujer estaba sujetando la puerta abierta.
—Pero está abierta.
La mujer miró su propia mano, como si también eso la confundiera.
—Ahora sí.
Alicia sintió un escalofrío.
—¿Quiere que llame a recepción?
La mujer la miró fijamente.
—No llame.
—Entonces, ¿qué necesita?
—Baje.
—¿A recepción?
—Sí.
La mujer miró hacia el fondo del pasillo.
—Y dígales que todavía estoy acá.
Alicia esperó una explicación.
No llegó.
—¿Cómo se llama?
La mujer dudó.
—Elena.
—¿Y qué tengo que decir exactamente?
—Que Elena sigue en la 308.
Cerró la puerta.
Alicia permaneció unos segundos en el pasillo.
Podía regresar a su habitación y olvidarse.
Era lo sensato.
Pero había algo en la forma en que Elena había dicho todavía.
Tomó el ascensor.
La recepcionista seguía detrás del mostrador.
Alicia se acercó.
—La mujer de la 308 me pidió que bajara.
Los dedos de la recepcionista se detuvieron sobre el teclado.
—¿Qué habitación?
—La 308.
—No tenemos una 308.
Alicia creyó que era una broma.
—Está frente a la mía.
—Frente a la 307 hay una pared de servicio.
—Acabo de hablar con una mujer.
La recepcionista palideció apenas.
Fue un cambio mínimo, pero Alicia lo vio.
—¿Cómo era?
—Sesenta años. Bata azul. Dijo que se llama Elena.
La mujer bajó la mirada.
—Subamos.
En el tercer piso caminaron juntas hasta la 307.
Alicia se detuvo.
Frente a su puerta había una pared.
Lisa.
Empapelada.
Sin puerta.
Sin placa.
Sin rastro de la 308.
Alicia apoyó una mano sobre el papel.
—No.
La recepcionista permaneció detrás.
—¿Está segura de que no se confundió de piso?
Alicia giró.
—Usted sabe algo.
—Está cansada.
—Usted me preguntó cómo era antes de decirme que no existía.
La mujer sostuvo su mirada.
—Vuelva a su habitación.
—¿Quién es Elena?
—Buenas noches, señora Ferreyra.
La recepcionista caminó hacia el ascensor.
Alicia la siguió con la vista.
Antes de que se cerraran las puertas, la mujer dijo:
—Si vuelve a escucharla, no abra.
—¿Por qué?
Las puertas se cerraron.
Alicia quedó sola.
A las dos y catorce llamaron a su puerta.
Tres golpes.
Suaves.
Alicia se sentó en la cama.
Otros tres.
—¿Alicia?
Era Elena.
—¿Bajó?
Alicia no respondió.
—¿Les dijo?
Tomó el teléfono de la habitación y marcó recepción.
Sonó.
Nadie atendió.
Volvió a marcar.
Nada.
Del pasillo llegó la voz:
—Ya saben que me vio.
Alicia se acercó sin tocar la puerta.
—¿Qué quieren de usted?
Hubo un silencio.
—No sé.
Después, casi en un susurro:
—Pero no confíe en la mujer de abajo.
Los golpes cesaron.
Alicia no abrió.
A las cuatro oyó agua correr al otro lado de la pared.
Luego un grito corto.
Después algo pesado cayó.
No durmió.
A las siete bajó con la maleta.
Detrás del mostrador había un hombre joven.
—Quiero hacer el check-out.
Mientras imprimía la factura, Alicia preguntó:
—¿La recepcionista de anoche ya se fue?
El hombre levantó la vista.
—¿Qué recepcionista?
—La mujer rubia. Uniforme gris.
—No hubo recepcionista anoche.
Alicia sintió frío.
—Me hizo el check-in.
—Yo estuve hasta las dos.
—No. Había una mujer.
El empleado miró la pantalla.
—Su ingreso figura automático. La tarjeta se retiró del buzón nocturno.
—Yo hablé con ella.
El hombre frunció el ceño.
Detrás del mostrador había fotografías antiguas del hotel.
Alicia vio una tomada en 1989.
Cinco empleados posaban frente a la entrada.
Reconoció dos rostros.
Elena.
Y la recepcionista.
Se acercó.
—¿Quiénes son?
El empleado miró la foto.
—Las hermanas Bianchi. Eran las dueñas.
Señaló a Elena.
—Ella murió en un incendio acá.
Alicia no pudo hablar.
—¿Y la otra?
—También.
—¿Dónde empezó?
El hombre dudó.
—En una habitación del tercer piso.
Alicia ya sabía la respuesta.
—La 308.
El empleado la miró.
—¿Cómo sabe?
Alicia dejó la factura sobre el mostrador.
—¿Qué pasó esa noche?
El hombre bajó la voz.
—Según la historia del hotel, Elena quedó encerrada. La hermana bajó a buscar ayuda. El fuego cortó el pasillo. Murieron las dos.
—¿Por qué sacaron la habitación?
—Después de la reforma, cerraron ese sector. La 308 quedó absorbida por un conducto de servicio.
Alicia recordó la frase.
Dígales que todavía estoy acá.
—¿Cuál de las dos bajó a buscar ayuda?
El empleado señaló a la recepcionista de la fotografía.
—Clara.
—¿Volvió?
—No.
Alicia salió sin desayunar.
Durante dos semanas intentó explicarlo.
Cansancio.
Sugestión.
Un hotel viejo.
Historias que tal vez había leído sin recordarlo.
El décimo quinto día recibió un sobre sin remitente.
Dentro había una fotografía.
El pasillo del tercer piso.
La 307.
La 308 enfrente.
Y Alicia de pie entre ambas.
La imagen había sido tomada desde el extremo del corredor.
Junto al ascensor aparecía Clara, la recepcionista.
No miraba a Alicia.
Miraba la puerta 308.
En el reverso había una frase:
Gracias por bajar. Ella nunca pudo.
Alicia guardó la fotografía.
Tres meses después llegó otra.
Esta vez no aparecía ella.
Sólo el pasillo.
La puerta 307.
La puerta 308 abierta.
Y, al fondo, una mujer con uniforme gris entrando en la habitación.
En el reverso:
Ahora están las dos.
Alicia observó la imagen durante mucho tiempo.
Había una última cosa.
En la placa de la 307 ya no figuraba 307.
Decía:
309.
Como si entre una fotografía y la otra el hotel hubiera vuelto a hacerle lugar a una habitación que llevaba treinta años intentando regresar.
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