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Suspenso

Habitación 308

Una mujer pide ayuda desde la habitación de enfrente. El hotel asegura que esa habitación no existe.

Alicia llegó al hotel pasada la medianoche. Había manejado seis horas y sólo quería dormir.

La recepcionista le entregó la tarjeta de la habitación 307 y señaló el ascensor.

—Tercer piso, al fondo a la derecha.

El pasillo estaba vacío. Alfombra gris, luces amarillas, puertas idénticas.

Alicia dejó la maleta, se lavó la cara y estaba por acostarse cuando escuchó tres golpes.

No en su puerta.

En la de enfrente.

Abrió apenas la suya. La habitación opuesta tenía una placa de bronce: 308.

Una mujer de unos sesenta años asomó la cabeza.

—¿Puede ayudarme?

Alicia salió al pasillo.

—¿Qué pasa?

—No puedo abrir la puerta desde dentro.

La frase era absurda: la mujer estaba precisamente asomada por la puerta.

Antes de que Alicia pudiera decirlo, la mujer miró hacia el fondo del corredor.

—Por favor, vaya a recepción y diga que estoy aquí.

Cerró.

Alicia bajó.

La recepcionista la escuchó con una atención que no parecía sorpresa.

—¿Qué habitación dijo?

—La 308.

La mujer tecleó algo.

—No tenemos habitación 308.

—Está frente a la mía.

—Frente a la 307 hay una pared de servicio.

Alicia pensó que era una broma.

Subieron juntas.

Frente a la 307 había una pared lisa. Sin puerta. Sin placa.

Alicia tocó la superficie con la palma.

—Estaba aquí.

La recepcionista no respondió. Sólo dijo:

—Si escucha algo más, llame desde su habitación.

A las dos y cuarto volvieron los golpes.

Esta vez, en la puerta de Alicia.

No abrió.

—¿Alicia?

La voz era la de la mujer.

—Por favor.

Alicia llamó a recepción.

Nadie atendió.

La voz siguió:

—Ya saben que me viste.

Alicia encendió todas las luces. Se quedó sentada hasta el amanecer.

A las siete bajó con la maleta.

Había otro empleado en recepción.

—Quiero pagar e irme.

Mientras imprimía la factura, Alicia preguntó:

—¿La mujer de anoche trabaja aquí?

—¿Qué mujer?

Alicia miró detrás del mostrador. En una pared había varias fotografías antiguas del hotel.

En una de ellas, tomada frente a la entrada, aparecía un grupo de empleados.

Reconoció a la mujer de la 308.

—Ella.

El empleado se acercó.

—Era la dueña. Murió hace años.

Alicia no preguntó cómo.

Se fue.

Dos semanas después recibió por correo un sobre del hotel. Pensó que sería una factura corregida.

Dentro había una única fotografía.

Mostraba el pasillo del tercer piso.

La puerta 307.

La puerta 308.

Y, entre ambas, Alicia de pie.

En el reverso alguien había escrito:

Gracias por mirar.

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