Decisiones
El turno de Ernesto
Ernesto necesita hacer un trámite sencillo. Una hora y media después todavía está demostrando que es él.
Ernesto necesitaba un turno.
Uno.
Nada más.
A las nueve y diez de la mañana abrió la página.
A las diez y cuarenta y dos seguía intentando demostrarle a una pantalla que Ernesto era Ernesto.
Todo había empezado con una contraseña.
INICIE SESIÓN
Probó la que usaba casi siempre.
Incorrecta.
Probó la otra.
Incorrecta.
La tercera provocó un mensaje más severo:
HA SUPERADO EL NÚMERO DE INTENTOS PERMITIDOS.
Ernesto se quitó los anteojos.
—Qué eficiencia.
El trámite no podía esperar demasiado. Dentro de dos semanas viajaba con su hermana Alicia y necesitaba renovar un documento antes de salir.
Era el primer viaje que hacían juntos desde que ambos se habían jubilado.
Alicia ya había comprado los pasajes.
Y había añadido una advertencia:
—No se te ocurra dejar el documento para el último día.
Ernesto había contestado:
—¿Cuándo he hecho yo algo así?
Los dos sabían la respuesta.
Volvió a la pantalla.
RECUPERAR CONTRASEÑA
Llegó un correo.
Cambió la contraseña.
NO PUEDE UTILIZAR UNA CONTRASEÑA ANTERIOR.
—Perfecto. Entonces me acuerdo demasiado.
Inventó otra.
Entró.
ENVIAREMOS UN CÓDIGO A SU TELÉFONO.
Esperó.
Nada.
Pidió reenviar.
Llegaron dos códigos juntos.
Introdujo el primero.
CÓDIGO VENCIDO.
Probó el segundo.
La página volvió al inicio.
Ernesto miró la taza de café.
Estaba vacía.
No recordaba haberla terminado.
Preparó otra.
Esta vez tomó una libreta.
Escribió:
Contraseña nueva:
La anotó.
Debajo:
Código: usar siempre el último.
Volvió a entrar.
Usuario.
Contraseña.
Código.
Por fin.
SELECCIONE UNA SEDE.
Había seis.
Ernesto eligió San Martín.
SELECCIONE UNA FECHA.
Un casillero verde.
Mañana, 10:30.
Lo pulsó.
ESE TURNO YA NO ESTÁ DISPONIBLE.
—Claro.
Otro apareció para las 11:15.
Lo tomó antes de que pudiera arrepentirse.
CONFIRME SU IDENTIDAD.
Ernesto se inclinó hacia la pantalla.
—¿Otra vez?
Documento.
Foto.
Código.
Confirmar.
Y finalmente:
TURNO RESERVADO.
Imprimió el comprobante.
También hizo una captura.
También escribió la hora en la libreta.
A esa altura ya no confiaba en ningún soporte que no tuviera al menos dos copias.
Entonces apareció una encuesta.
¿QUÉ TAN SENCILLO FUE REALIZAR ESTE TRÁMITE?
Debajo había dos opciones:
Muy sencillo
Sencillo
Ernesto buscó una tercera.
No existía.
Cerró la página.
Al día siguiente llegó quince minutos antes.
Se sentó.
Esperó.
Cuando apareció su número, entregó el comprobante.
La empleada lo leyó.
Después volvió a leerlo.
—Señor…
Ernesto reconoció el tono. Era el mismo que usaban los médicos antes de explicar algo desagradable.
—¿Qué?
—Su turno es en San Martín.
—Sí.
—San Martín de Mendoza.
Ernesto no respondió.
La mujer giró la hoja y le mostró la dirección.
Mendoza.
Durante unos segundos pensó seriamente en fingir un desmayo.
—Hay un San Martín a veinticinco minutos de mi casa.
—Sí.
—Y la página decidió que yo quería viajar ochocientos kilómetros para renovar un documento.
La mujer contuvo una sonrisa.
—Puedo hacerlo yo desde aquí y buscarle otro turno.
Ernesto miró el teclado.
Después miró la fila de personas detrás.
—Hágalo.
Ella apoyó las manos sobre las teclas.
Ernesto sintió alivio.
Y casi inmediatamente sintió otra cosa.
Algo parecido a una derrota pequeña.
—No.
La empleada lo miró.
—¿Perdón?
Ernesto sacó el teléfono.
—Dígame dónde tengo que entrar.
—No hay problema, yo puedo…
—Ya sé.
Hizo una pausa.
—Pero la próxima vez usted no va a estar.
La mujer apartó las manos del teclado.
—Bien.
Ernesto abrió la página.
—Primero mire arriba —dijo ella—. Antes de elegir el turno, compruebe la provincia.
Ernesto amplió la pantalla.
Ahí estaba.
Pequeño.
Gris.
Casi escondido.
Mendoza.
—Eso tendría que verse antes que el botón verde.
—Estoy de acuerdo.
Esta vez fue despacio.
Leyó.
Amplió.
Volvió atrás cuando no estaba seguro.
Revisó dos veces ciudad, provincia, fecha y horario.
Encontró un turno para tres días después.
—Listo —dijo la empleada.
Ernesto sonrió.
—No me felicite todavía.
—¿Por qué?
—Primero voy a comprobar que no sea en Uruguay.
Ella se rió.
Tres días después volvió.
La empleada lo reconoció.
—Ahora sí. San Martín correcto.
—No sabe la alegría que me da seguir en la misma provincia.
Hizo el trámite.
Antes de irse, ella le preguntó:
—¿Quiere dejar una sugerencia sobre la página?
Ernesto estuvo a punto de decir que no.
Después pensó en la contraseña.
Los dos códigos.
El turno desaparecido.
La ciudad equivocada.
La encuesta donde sólo se podía responder que todo había sido fácil.
Tomó la lapicera.
Escribió:
Una persona no se vuelve incapaz porque una página sea confusa. Pero una página puede hacerla sentir así si le pide demasiadas cosas sin mostrar claramente lo importante.
La empleada leyó la frase.
—Está bien dicho.
—Porque estoy enojado.
—A veces ayuda.
—¿Lo van a cambiar?
—No lo sé.
Ernesto dejó la lapicera.
—Bueno. Ahora ya es problema de ellos.
Pasaron algunos meses.
Ernesto tuvo que entrar otra vez a la misma página.
Preparó café.
Sacó la libreta.
Abrió el sitio.
Y se quedó quieto.
Arriba, en letras grandes, aparecía:
SEDE: SAN MARTÍN — PROVINCIA DE BUENOS AIRES
Más abajo:
Revise ciudad y provincia antes de continuar.
Ernesto levantó una ceja.
El código tardaba más en vencer.
La letra podía ampliarse sin que desaparecieran los botones.
Y al final de la encuesta había una tercera opción:
Podría ser más sencillo.
La marcó.
Tardó doce minutos.
Cuando terminó, Alicia lo llamó.
—¿Conseguiste el turno?
—Sí.
—¿Necesitaste ayuda?
Ernesto miró la libreta abierta junto al teléfono.
—Sí.
Alicia guardó silencio.
No esperaba esa respuesta.
—¿De quién?
Ernesto cerró la libreta.
—Mía.
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