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Historias humanas

El secreto de la tía Ofelia

Ofelia dejó un armario cerrado y una condición: sólo podían abrirlo cuando estuvieran los siete juntos.

La tía Ofelia murió a los noventa y cuatro años y dejó una instrucción extraña.

El armario del dormitorio sólo podía abrirse cuando estuvieran presentes sus siete sobrinos.

El problema era conseguir que los siete coincidieran.

Uno vivía en Chile.

Otra no se hablaba con su hermano.

Dos llevaban años sin verse.

Tardaron ocho meses.

Cuando finalmente estuvieron juntos, discutieron sobre quién tenía la llave.

La llave estaba pegada detrás de la nota.

—Muy Ofelia —dijo alguien.

Dentro del armario había siete cajas.

Cada una llevaba un nombre.

No contenían dinero.

Contenían objetos que Ofelia les había “robado” a lo largo de la vida.

Un soldadito.

Una carta de amor.

Una medalla escolar.

Una receta escrita a mano.

Una entrada de cine.

Una foto rota.

Un pañuelo.

Cada caja incluía una nota.

A Martín:

Lo escondiste en mi casa porque tu madre te lo iba a tirar. Después te olvidaste. Yo no.

A Verónica:

Rompiste esta foto porque estabas enojada con tu hermana. Guardé las dos mitades por si se les pasaba.

A los dos hermanos que no se hablaban:

No pienso resolverles nada desde la tumba. Pero ya que viajaron hasta aquí, por lo menos tomen café.

Se rieron.

Después discutieron.

Después tomaron café.

Ofelia había dejado también una octava caja.

Para cuando terminen de revisar las otras.

Dentro había una foto de los siete, niños, apretados en un sofá.

Atrás:

Mi verdadero secreto es éste: sabía que, si les dejaba algo suficientemente raro, iban a tener que volver a juntarse.

No solucionó todos sus problemas.

Pero aquella tarde se quedaron hasta la noche.

Y ninguno se atrevió a decir que Ofelia no había conseguido exactamente lo que quería.

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