Días comunes
El reloj de las 4:12
Cada noche, el reloj heredado del abuelo se detiene exactamente a la misma hora.
La primera noche que Tomás colgó el reloj de su abuelo, se despertó a las 4:12.
No por una campanada.
Por el silencio.
El reloj llevaba horas marcando cada segundo con un golpe seco y regular.
Tac.
Tac.
Tac.
A las 4:12 se detuvo.
Tomás abrió los ojos.
Desde la cama alcanzaba a ver las agujas inmóviles en la pared del salón.
Cuatro y doce.
La misma hora a la que Emilio, su abuelo, había muerto tres semanas antes.
A la mañana siguiente cambió la pila.
La segunda noche volvió a detenerse.
4:12.
Compró un mecanismo nuevo.
Lo instaló él mismo.
La tercera noche ocurrió otra vez.
Su hermana Paula se rio cuando se lo contó.
—Tíralo.
—Era del abuelo.
—Precisamente. Siempre llegaba tarde y ahora tampoco deja dormir.
Tomás sonrió.
Emilio había tenido el reloj en su taller durante más de cincuenta años.
Una caja de madera oscura, pesada, con un péndulo de bronce que él limpiaba todos los domingos.
Cuando murió, nadie lo quiso.
Excepto Tomás.
No porque le gustara.
Porque durante los últimos meses Emilio le preguntaba siempre lo mismo.
—Cuando yo no esté, ¿te vas a quedar con mi reloj?
Y Tomás había respondido que sí.
Lo descolgó para revisar otra vez el mecanismo.
Al apoyar la caja sobre la mesa oyó algo suelto dentro.
Quitó la tapa trasera.
Detrás del péndulo había una pequeña grabadora.
Tomás se quedó mirándola.
Tenía una etiqueta:
TOMÁS
Pulsó reproducir.
Durante unos segundos sólo se oyó respiración.
Después, la voz de su abuelo.
—Si estás escuchando esto, hice otra vez lo que hago siempre: dejar para después una conversación incómoda.
Tomás se sentó.
—Hay una persona a la que tendrías que buscar. Ricardo Molina. Te dejo la dirección en el compartimento de abajo.
Pausa.
—No quiero que le pidas perdón por mí. Eso sería demasiado cómodo. Sólo entrégale la carta.
La grabación terminó.
Tomás encontró el pequeño compartimento.
Dentro había un sobre.
RICARDO
Y una dirección.
Paula conocía el nombre.
—Eran inseparables.
—Nunca lo escuché hablar de él.
—Porque se pelearon.
—¿Por qué?
Paula se encogió de hombros.
—Versión del abuelo: Ricardo lo traicionó.
—¿Y la versión de Ricardo?
—En esta familia no éramos muy aficionados a las segundas versiones.
Ricardo Molina tenía noventa y tres años y vivía en una casa pequeña con un limonero junto a la entrada.
Abrió personalmente.
Miró a Tomás.
Después miró el sobre.
—Eres nieto de Emilio.
No fue una pregunta.
—Sí.
Ricardo señaló el salón.
—Pasa.
Tomás dejó la carta sobre la mesa.
—Mi abuelo quería que se la entregara.
Ricardo no la tocó.
—¿Murió?
—Hace tres semanas.
El hombre asintió muy despacio.
—Entonces finalmente consiguió llegar tarde del todo.
No sonó cruel.
Sonó conocido.
Ricardo abrió el sobre.
Leyó de pie.
A mitad de la carta tuvo que sentarse.
No lloró.
Al terminar soltó una breve carcajada.
—Idiota.
Tomás no supo qué decir.
—¿Qué pasó entre ustedes?
Ricardo dobló la carta.
—Trabajábamos juntos. Tu abuelo quería ampliar el taller. Yo no.
—Él decía que usted lo había abandonado.
—Eso dijo durante cuarenta años.
Ricardo se levantó y buscó una caja de fotografías.
Sacó una.
Dos jóvenes junto a una motocicleta.
Uno era Emilio.
—El negocio iba mal —continuó—. Le dije que no pidiera otro préstamo. Se enfadó. Me acusó de no confiar en él.
—¿Y usted se fue?
—Sí.
Hizo una pausa.
—Después vendí la moto para ayudarlo a pagar las deudas.
Tomás volvió a mirar la fotografía.
—¿Él lo sabía?
—Claro que lo sabía.
—Entonces ¿por qué no se reconciliaron?
Ricardo sonrió.
—Porque las personas pueden querer mucho a alguien y aun así preferir tener razón.
Puso la fotografía sobre la mesa.
—Tu abuelo vino tres veces hasta esta esquina.
Tomás levantó la vista.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque yo lo veía desde la ventana.
—¿Y nunca salió?
Ricardo negó.
—Yo también prefería tener razón.
Por primera vez, Tomás comprendió que no había ido allí a reparar una injusticia sencilla.
Había dos hombres.
Dos orgullos.
Y cuarenta años de espera compartida.
—Él dice en la carta que tuvo la culpa.
—La tuvo.
Ricardo sonrió.
—Yo también.
Hablaron casi dos horas.
Antes de irse, Ricardo le entregó otro sobre.
—Éste era para Emilio.
Tomás lo sostuvo.
—¿Cuándo lo escribió?
—Hace treinta y siete años.
—¿Y por qué no se lo dio?
Ricardo se rio.
—¿No has aprendido nada en esta casa?
Tomás también sonrió.
—¿Qué hago con él?
Ricardo pensó unos segundos.
—Léelo.
Dentro sólo había unas líneas.
Emilio:
No necesito que vengas a decirme quién tuvo razón.
Sólo necesito que vengas.
Si un día te decides, golpea la puerta.
Tomás levantó la vista.
Ricardo estaba mirando por la ventana.
—Lo había perdonado mucho antes de escribir eso —dijo.
—Entonces ¿qué esperaba?
—Que apareciera.
Esa noche Tomás colgó nuevamente el reloj.
4:11.
Esperó.
Las agujas avanzaron.
4:12.
El reloj siguió funcionando.
Tac.
Tac.
Tac.
Tomás sonrió.
Le pareció un buen final.
No lo fue.
Dos meses después, Paula llamó.
—Murió Ricardo.
Tomás permaneció en silencio.
—Su sobrina encontró algo para ti.
Fue a buscarlo.
No era una carta.
Era la vieja fotografía de Ricardo y Emilio junto a la motocicleta.
En el reverso Ricardo había escrito:
Para Tomás.
No hagas de nosotros una historia sobre el tiempo perdido.
Hazla sobre el minuto en que alguien decide dejar de esperar.
Esa noche Tomás se despertó.
No miró el reloj inmediatamente.
Sabía qué hora era.
4:12.
El mecanismo estaba detenido.
Permaneció así casi un minuto.
A las 4:13 volvió a funcionar.
Tomás se levantó.
Fue a la cocina.
Tomó el teléfono.
Buscó el nombre de Paula.
Llevaban casi un mes sin hablar después de una discusión absurda por la venta de unas cosas de su abuelo.
Miró la hora.
4:14.
Demasiado temprano para llamar.
Así que escribió:
Mañana almorzamos. Y no vale decir que no.
Paula respondió treinta segundos después.
Estás loco. Son las cuatro de la mañana.
Tomás sonrió.
Llegó otro mensaje.
¿A la una?
Desde entonces el reloj siguió en la pared.
A veces se adelanta.
A veces se atrasa.
Nunca volvió a detenerse a las 4:12.
Tomás tampoco espera ya que lo haga.
Entendió que algunas cosas no regresan para pedirnos que arreglemos el pasado.
Regresan para comprobar qué vamos a hacer con el tiempo que todavía queda.
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