Suspenso
El reloj de las 4:12
Cada noche, el reloj heredado del abuelo se detiene exactamente a la misma hora.
Cuando murió su abuelo Emilio, a Tomás le dejaron un reloj de pared que nadie más quería.
Era grande, oscuro y demasiado solemne para su departamento.
Lo colgó porque su madre insistió.
La primera noche se detuvo a las 4:12.
Tomás cambió la pila.
La segunda noche volvió a detenerse a las 4:12.
Cambió el mecanismo entero.
La tercera noche ocurrió lo mismo.
—Es un reloj viejo —dijo su hermana—. Tíralo.
Pero Tomás recordó algo: su abuelo había muerto a las 4:12 de la madrugada.
Eso lo incomodó lo suficiente para guardar el reloj en un armario.
A la mañana siguiente estaba marcando 4:12.
Tomás llamó a un relojero.
El hombre examinó la caja y encontró, pegada en la parte trasera, una pequeña grabadora de voz.
—Esto no tiene nada que ver con el mecanismo —dijo.
La batería estaba agotada. Tomás consiguió cargarla.
Había un único archivo.
La voz de Emilio:
—Si estás escuchando esto, espero que seas Tomás. Eres el único de la familia que todavía cumple lo que promete.
Tomás sonrió a pesar de todo.
El mensaje continuaba.
Emilio hablaba de un hombre llamado Ricardo Molina, un amigo con quien se había peleado cuarenta años atrás.
—Yo tuve la culpa. Me pidió que fuera a verlo. Nunca fui.
Dejó una dirección.
Tomás buscó el nombre.
Ricardo seguía vivo.
Tenía noventa y tres años.
Lo visitó.
Cuando dijo quién era, Ricardo lo hizo pasar sin sorpresa.
—Tardó bastante tu abuelo.
Tomás le entregó una carta que había encontrado dentro de la caja del reloj.
Ricardo la leyó.
No lloró. Se rió.
—Siempre necesitó tener la última palabra.
Hablaron una hora.
Antes de irse, Ricardo le dio una fotografía de los dos cuando tenían veinte años.
—Dile a tu familia que yo ya lo había perdonado.
Tomás regresó a casa y colocó otra vez el reloj.
Esa noche no se detuvo.
Pasó una semana.
Dos.
Un mes.
Tomás terminó convencido de que todo tenía una explicación: la grabadora, la carta, la coincidencia mecánica.
Una madrugada despertó con una campanada.
Miró la hora del teléfono.
4:12.
El reloj de pared no tenía mecanismo de campana.
Nunca lo había tenido.
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