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Suspenso

El mensaje de las 3:17

Laura recibe un WhatsApp de su marido. Él está durmiendo a su lado.

A las 3:17, el teléfono de Laura vibró sobre la mesa de luz.

Abrió un ojo.

Un mensaje de Martín.

No enciendas la luz.

Laura giró la cabeza.

Martín dormía a su lado.

Pensó que el mensaje había quedado pendiente desde antes. Miró la hora de envío.

3:17.

Llegó otro.

No lo despiertes.

Laura se incorporó.

¿Quién eres?

Tres puntos.

Soy Martín.

Ella miró al hombre que dormía.

Martín está aquí.

La respuesta llegó enseguida.

Yo también. Estoy afuera.

Laura sintió una presión en el pecho.

No quería mirar hacia la ventana.

El teléfono vibró.

No mires todavía.

Martín, el de la cama, se movió.

—¿Qué pasa?

Laura bloqueó la pantalla.

—Nada. Duerme.

Él cerró los ojos.

Nuevo mensaje.

Ese no soy yo.

Laura escribió:

Dime algo que sólo tú sepas.

La respuesta fue una frase absurda que Martín decía desde el viaje de bodas cada vez que ella perdía las llaves:

El problema no es perderlas. Es dónde decides encontrarlas.

Laura dejó caer el teléfono.

El Martín de la cama abrió los ojos.

—¿Quién te escribe?

Antes de que Laura respondiera, sonaron tres golpes en la puerta del departamento.

El hombre a su lado se sentó.

—No abras.

El teléfono vibró.

No dejes que se acerque a la puerta.

—¿Qué pasa? —preguntó Martín.

Laura ya no sabía a cuál de los dos tenía miedo.

Los golpes se repitieron.

El Martín de la cama caminó hacia el pasillo.

Laura lo siguió.

—No abras.

Él miró por la mirilla.

Su rostro cambió.

Retrocedió.

—Hay alguien igual a mí.

El teléfono vibró.

Ahora ya me vio.

La luz del pasillo se apagó.

La puerta recibió un golpe fuerte.

Después otro.

Luego nada.

A la mañana siguiente, la cámara del edificio no mostraba a nadie frente al departamento. El portero dijo que no había habido visitas.

Martín atribuyó todo a una broma. Laura no.

Guardó los mensajes.

Una semana después reparó en algo que no había visto.

Al abrir la información del chat, los mensajes no figuraban enviados ese año.

Tenían fecha del año siguiente.

Laura anotó el día.

Durante doce meses no ocurrió nada.

Cuando llegó la fecha, se despertó a las 3:16.

Martín dormía a su lado.

A las 3:17 su teléfono no vibró.

El de Martín sí.

Él lo tomó.

Su cara perdió color.

—Es un mensaje tuyo.

Laura miró la pantalla.

Decía:

No enciendas la luz.

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