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Historias humanas

El hombre que sabía todos los nombres

Ramón conocía a todos en el barrio. Un día descubrió cuántos también lo conocían a él.

Ramón sabía el nombre de todos.

El chico de la farmacia.

La mujer del quiosco.

Los hijos del panadero.

La maestra nueva.

El perro del edificio de enfrente.

No era curiosidad.

Simplemente recordaba.

—Buen día, Celeste.

—¿Cómo está tu mamá, Bruno?

—¿Ya volvió Martina del viaje?

Durante años, Ramón creyó que esa costumbre era una forma de mirar a los demás.

Hasta que se cayó en la calle.

No fue grave, pero pasó una semana internado.

El primer día apareció el panadero.

El segundo, la farmacéutica.

Después una vecina llevó sus anteojos.

Otro le dejó un libro.

Una adolescente que él apenas conocía apareció con una planta.

—Mi abuelo dice que usted siempre le pregunta cómo está.

Ramón se sintió avergonzado.

—No hacía falta.

—Ya sé.

Cuando volvió a casa, encontró una libreta en la puerta.

En la tapa decía:

LOS NOMBRES QUE SABEN EL TUYO

Dentro había mensajes.

Decenas.

Ramón pasó horas leyéndolos.

No hablaban de grandes favores.

Recordaban cosas pequeñas.

Que preguntó por un examen.

Que acompañó a alguien hasta un taxi.

Que llamó a una persona por su nombre cuando se sentía invisible.

Ramón cerró la libreta.

Al día siguiente salió a comprar pan.

El barrio parecía igual.

Pero no lo era.

—Buen día, Ramón —dijo alguien desde la esquina.

Después otro.

Y otro.

Por primera vez se dio cuenta de que llevaba años aprendiendo los nombres de los demás sin notar cuántos habían aprendido el suyo.

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