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Oficios y aprendizajes

El hombre que sabía todos los nombres

Ramón conocía a todos en el barrio. Un día descubrió cuántos también lo conocían a él.

Ramón sabía cómo se llamaban ciento ochenta y cuatro personas de su barrio.

No las había contado.

Lo hizo su nieta.

—Abuelo, esto no es normal.

—¿Qué cosa?

—Conoces a todo el mundo.

Ramón levantó los hombros.

—Vivo aquí hace cuarenta años.

—Yo llevo veintisiete y no sé cómo se llama el del quinto.

—Mauricio.

—No me ayudas.

Ramón sabía el nombre del chico nuevo de la farmacia.

De las dos mujeres del quiosco.

Del hombre que barría la vereda del colegio.

De los hijos del panadero.

Del perro del edificio de enfrente.

—Buen día, Celeste.

—¿Cómo está tu mamá, Bruno?

—Marta, ¿aprobó tu hija?

—Roberto, el perro otra vez se te escapó.

No era curiosidad.

Ni una técnica.

Simplemente recordaba.

Su mujer decía que Ramón tenía un archivo en la cabeza.

—Después no encuentras las llaves, pero recuerdas cómo se llama la nieta del carnicero.

—Prioridades.

Durante años pensó que aquello era una forma de mirar a los demás.

Hasta que un martes se cayó en la vereda.

No fue grave.

Una fractura pequeña y una semana internado por precaución.

Su hija llegó primero.

Después empezaron las visitas.

El panadero apareció con medialunas.

—No puede comer esto —dijo la enfermera.

—Entonces cómaselas usted —respondió Bruno.

Celeste, la farmacéutica, llevó sus anteojos porque Ramón los había dejado en el negocio.

La maestra del colegio apareció con un libro.

Una adolescente que Ramón apenas reconocía llevó una planta.

—Mi abuelo dice que usted siempre le pregunta cómo está.

—¿Quién es tu abuelo?

—Esteban.

—Ah, claro. ¿Cómo sigue la rodilla?

La chica se echó a reír.

—¿Ve? Por eso vine.

Ramón empezó a sentirse incómodo.

—No hacía falta.

Todos respondían algo parecido.

—Ya sabemos.

Al volver a casa encontró una libreta sobre la mesa.

En la tapa decía:

LOS NOMBRES QUE SABEN EL TUYO

—¿Qué es esto? —preguntó.

Su nieta sonrió.

—Ábrela.

Había mensajes.

Decenas.

Ramón, gracias por acordarte de mi examen cuando ni yo quería acordarme. —Sofía

Una vez me acompañaste hasta un taxi porque estaba mareada. Nunca te lo agradecí. —Marta

El día que murió mi mujer todos me preguntaban qué necesitaba. Tú me llamaste por mi nombre y te sentaste al lado. —Esteban

Ramón cerró la libreta.

—Esto es demasiado.

Su nieta lo miró.

—Para ellos no.

Se recuperó.

Volvió a caminar.

Y descubrió algo que nunca había notado.

—Buen día, Ramón.

—¿Cómo estás, Ramón?

—Ramón, ¿ya te dejaron salir?

Su nombre estaba por todas partes.

Hasta entonces había creído que era él quien conocía el barrio.

No había pensado demasiado en que el barrio también lo conocía a él.

Ocho meses después olvidó el nombre de Celeste.

Estaba en la farmacia.

La había visto casi todos los días durante quince años.

—Buen día…

La palabra no llegó.

Celeste esperó.

Ramón sintió calor en la cara.

—Perdona.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

Salió sin comprar nada.

Una semana después olvidó el nombre de un vecino.

Luego el de la maestra.

Su hija consiguió una consulta.

El diagnóstico fue cuidadoso.

Deterioro cognitivo leve.

No era una sentencia.

Podía avanzar lentamente.

Podía estabilizarse.

Había estrategias.

Rutinas.

Ejercicios.

Controles.

Ramón apenas escuchó.

Al salir dijo:

—Lo único que sabía hacer bien.

Su hija se detuvo.

—¿Qué?

—Recordar a la gente.

—Sabes hacer muchas cosas.

—No me consueles.

—No te estoy consolando.

Ramón la miró.

—¿Y si un día no sé quién eres?

Su hija respiró.

—Entonces te digo mi nombre.

—No es tan simple.

—No.

Le tomó el brazo.

—Pero tampoco vamos a fingir que tienes que hacerlo solo.

Su nieta propuso una libreta con nombres y fotografías.

Ramón se negó.

—No quiero convertir a la gente en fichas.

Celeste encontró otra solución.

Un lunes apareció con una pequeña etiqueta prendida en su delantal.

CELESTE

Ramón la miró.

—¿Qué es esto?

—Mi nombre.

—Ya sé.

—Entonces funciona.

El panadero se sumó.

BRUNO

La maestra:

MARTA

Ramón se enfadó.

—No soy un niño.

Bruno apoyó los brazos sobre el mostrador.

—No.

—Entonces quítate eso.

—Tampoco.

—¿Por qué?

—Porque somos adultos ayudando a otro adulto.

Ramón quiso discutir.

Pero no encontró un argumento mejor.

Con el tiempo dejó de necesitar todas las etiquetas.

Algunas mañanas recordaba perfectamente.

Otras no.

Aprendió algo que le costó mucho aceptar: preguntar un nombre no borraba todos los años anteriores.

—Perdona, hoy se me fue.

—Patricia.

—Claro. Patricia.

Y seguían conversando.

Un día un hombre lo detuvo en la calle.

—Ramón.

Él reconoció la cara.

No el nombre.

—Discúlpame.

—Esteban.

Ramón frunció el ceño.

—¿Nos conocemos mucho?

Esteban sonrió.

—Lo suficiente.

Caminaron juntos.

—Usted me acompañó al hospital cuando murió mi mujer.

Ramón intentó encontrar la escena.

No pudo.

—No lo recuerdo.

Esteban siguió caminando.

—Yo sí.

Ramón se detuvo.

—Debe ser extraño que alguien recuerde algo que tú hiciste y tú no.

—A veces.

Esteban lo miró.

—Pero no deja de haber ocurrido.

Esa frase se quedó con él.

La libreta Los nombres que saben el tuyo siguió creciendo.

No la usaban como un examen.

Era otra cosa.

Una memoria compartida.

Un domingo su nieta añadió una frase en la primera página:

Abuelo: si algún día no recuerdas quiénes somos, nosotros vamos a seguir recordando quién eres.

Ramón la leyó.

Después otra vez.

—No me gusta.

La nieta se asustó.

—¿Por qué?

—Muy sentimental.

—Te la quito.

Ramón cerró la libreta.

—No he dicho eso.

Sonrió.

—Sólo mejora el final.

Tomó una lapicera y debajo escribió:

Y si se me olvida preguntar sus nombres, díganmelos igualmente. Nunca me gustó hablar con desconocidos.

Su nieta se rio.

—Ahora sí.

Ramón miró la palabra con la que ella había firmado.

Lucía.

La señaló.

—Éste sí es un buen nombre.

—Gracias.

—Aunque hay otro mejor.

—¿Cuál?

Ramón cerró la libreta.

—Abuelo.

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