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Encuentros

El hombre que llegaba demasiado temprano

Marta siempre llegaba tarde. Rafael convirtió la espera en parte de su historia de amor.

Marta llegó veintidós minutos tarde a su primera cita con Rafael.

Él ya llevaba media hora sentado.

—¿Hace mucho que esperas? —preguntó ella.

—No.

Fue la primera mentira amable de una relación que duraría treinta y cuatro años.

Rafael llegaba temprano a todo.

Al cine.

A los restaurantes.

A los cumpleaños.

A los aeropuertos con una anticipación que Marta consideraba una forma moderada de enfermedad.

Marta llegaba tarde.

No siempre mucho.

Lo suficiente.

—Estoy saliendo —escribía.

Rafael sabía que significaba que estaba buscando los zapatos.

—Cinco minutos.

Significaba quince.

—Ya llego.

Significaba que acababa de estacionar mal y estaba tratando de corregirlo.

Él llevaba un libro.

Ella llegaba agitada.

—Perdón.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

—Ya pasó.

Discutieron algunas veces.

Una excursión que perdieron por siete minutos.

Una función de teatro a la que entraron cuando ya se habían apagado las luces.

La boda de un primo en la que Marta apareció después de la novia.

—Eso fue objetivamente grave —decía Rafael.

—Llegué antes del sí.

—No es el criterio.

Con los años la diferencia se convirtió en parte del matrimonio.

Rafael esperaba.

Marta llegaba.

Hasta que enfermó.

Entonces Marta empezó a llegar temprano.

Al hospital.

A los estudios.

A las consultas.

A veces cuarenta minutos antes.

Una tarde Rafael la vio sentada junto a la cama mirando el reloj.

—¿Qué haces acá tan temprano?

—La visita empieza a las cuatro.

—Son las tres y veinte.

—Había tránsito.

—Mentira.

Marta lo miró.

—No quiero que esperes.

Rafael apoyó la cabeza en la almohada.

—Yo siempre esperé bien.

—No es gracioso.

—No era un sacrificio, Marta.

Ella bajó la vista.

—A veces sí.

—A veces.

Sonrió.

—Pero no conviertas treinta y cuatro años en una cuenta que tienes que pagar ahora.

Rafael murió en invierno.

Los primeros meses Marta vivió pendiente del reloj.

Llegaba media hora antes a todo.

Al médico.

A almorzar con amigas.

A una función de teatro en la que tuvo que esperar sola frente a una sala cerrada.

Su hermana terminó diciéndole:

—Esto no eres tú.

—Me organicé.

—No. Te castigaste.

Marta se enojó.

—Qué pavada.

—Rafael no te pidió que fueras puntual después de muerto.

Marta sabía que tenía razón.

Saberlo no servía demasiado.

Un domingo, mientras ordenaba los libros de Rafael, encontró un sobre dentro de una novela.

En el frente decía:

PARA CUANDO LLEGUES.

Marta tuvo que sentarse en el suelo.

Abrió.

Rafael recordaba la primera cita.

Los mensajes de “cinco minutos”.

La excursión perdida.

La boda.

Y al final había escrito:

No hagas ahora de la puntualidad una penitencia.

Yo llegué antes, como siempre.

Puedo esperar.

Marta se rio llorando.

—Idiota.

Guardó la carta.

Durante una semana mejoró.

Después volvió a salir cuarenta minutos antes para una consulta.

La culpa era más persistente que una carta.

Un año después de la muerte de Rafael recibió un correo.

Remitente: Rafael Ortega.

Marta casi dejó caer el teléfono.

Asunto:

SI TODAVÍA SIGUES LLEGANDO DEMASIADO TEMPRANO.

El mensaje había sido programado.

Ha pasado un año.

Si sigues convirtiéndote en una mujer puntual por mi culpa, te pido disculpas. Evidentemente calculé mal la gravedad del asunto.

Marta sonrió.

Haceme un favor. Llega tarde a algo importante. A propósito.

No demasiado. Tampoco abuses.

Debajo había una posdata:

Y si alguien te pregunta si esperé mucho, mentí por mí.

Dos semanas después se casaba su sobrina.

La ceremonia empezaba a las seis.

A las cinco y diez Marta ya estaba vestida.

A las cinco y doce tomó el bolso.

Lo dejó.

Se sentó en la cocina.

A las cinco y veinte miró el reloj.

A las cinco y veinticinco se puso de pie.

Volvió a sentarse.

A las cinco y media sintió ansiedad.

No por llegar tarde.

Por quedarse allí.

Como si retrasar la salida fuera desafiar algo mucho más grande que una costumbre.

A las cinco y cuarenta tomó el bolso.

Salió.

Llegó a las cinco y cincuenta y cinco.

Los invitados estaban entrando.

Su hermana la vio.

—Pensé que ibas a llegar una hora antes.

—Yo también.

—¿Estás bien?

Marta miró el reloj.

—Estoy cinco minutos antes.

—Eso, para ti últimamente, es llegar tarde.

—Exacto.

Durante la fiesta bailó.

Tomó vino.

Se sentó un rato junto a una mujer que no conocía.

—Llegué tarde —dijo la mujer—. Mi marido odiaba eso.

Marta sonrió.

—El mío llegaba antes.

—¿Y se peleaban?

—No demasiado.

La mujer levantó la copa.

—Entonces tuvieron suerte.

No volvieron a hablar.

Pero la frase acompañó a Marta toda la noche.

Habían tenido suerte.

No porque hubieran sido compatibles en todo.

Porque durante años habían aprendido a vivir alrededor de pequeñas diferencias sin convertirlas en pruebas de amor.

Al regresar a casa encontró la carta de Rafael sobre la mesa.

La había dejado allí antes de salir.

La leyó otra vez.

Yo llegué antes, como siempre. Puedo esperar.

Esa vez la frase no le pareció triste.

Le pareció muy de él.

Los meses siguientes Marta volvió a llegar tarde algunas veces.

No como ejercicio.

Porque era Marta.

También empezó a llegar puntual a otras cosas.

No como homenaje.

Porque había aprendido a organizarse mejor.

Lo importante era que el reloj había dejado de funcionar como una deuda.

Años después, una amiga nueva la citó en un café.

Marta llegó doce minutos antes.

Pidió un té.

Abrió un libro.

La mujer apareció diez minutos tarde.

—Perdón. ¿Hace mucho que esperas?

Marta miró el reloj.

Pensó en Rafael.

En la primera cita.

En treinta y cuatro años de “no”.

Sonrió.

—No.

Y por primera vez la mentira no pertenecía a él.

Era una forma pequeña de haber aprendido a esperar también ella.

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