Romance
El hombre que llegaba demasiado temprano
Marta siempre llegaba tarde. Rafael convirtió la espera en parte de su historia de amor.
Marta llegó veintidós minutos tarde a su primera cita con Rafael.
Él ya llevaba media hora sentado.
—¿Hace mucho que esperas?
—No —mintió.
Durante doce años, Marta llegó tarde a casi todo.
Al cine.
A cenas.
A cumpleaños.
A una excursión que perdió por siete minutos.
Rafael, en cambio, llegaba antes.
No discutían demasiado por eso. Él llevaba un libro. Ella mandaba mensajes:
Ya salgo.
Estoy llegando.
Cinco minutos.
Los dos sabían que cinco nunca eran cinco.
Cuando Rafael enfermó, Marta empezó a llegar temprano al hospital.
Una tarde él la miró desde la cama.
—Ahora sí te vas al otro extremo.
—No quiero que esperes.
—Yo siempre esperé bien.
Rafael murió en invierno.
Meses después, Marta encontró un sobre dentro de uno de sus libros.
Para cuando llegues.
Se sentó en el piso antes de abrirlo.
La carta no era larga.
Recordaba la primera cita, las esperas, los mensajes falsamente optimistas.
Y terminaba:
No hagas ahora de la puntualidad una penitencia. Yo llegué antes, como siempre. Puedo esperar.
Marta guardó la carta.
Durante un tiempo siguió llegando demasiado pronto a todas partes.
Después volvió a retrasarse un poco.
No por olvido.
Porque entendió que Rafael no le había dejado una orden.
Le había devuelto una parte de sí misma.
Años después, una amiga le preguntó por qué miraba tanto el reloj antes de salir.
Marta sonrió.
—No quiero hacerlo esperar tanto.
Y salió cinco minutos tarde.
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