Suspenso
El asiento vacío
Un hombre se sienta junto a Alicia en un viaje nocturno. El conductor asegura que nunca subió.
Alicia tomó el último autobús a Santa Irene porque había perdido el de la tarde.
La terminal estaba casi vacía. Compró el boleto 22A.
El 22B figuraba libre.
A mitad del viaje, cuando ya habían dejado atrás la ciudad, un hombre se sentó a su lado.
—Perdón —dijo—. ¿Éste es el 22B?
Tenía unos cincuenta años, abrigo oscuro y una pequeña maleta de cuero.
Alicia asintió.
Durante un rato no hablaron.
Después él preguntó:
—¿Falta mucho para Santa Irene?
—Unas dos horas.
El hombre cerró los ojos.
En la siguiente parada, Alicia bajó a comprar agua.
Le preguntó al conductor cuánto faltaba.
—Una hora y cuarenta.
—El señor del 22B preguntaba.
El conductor frunció el ceño.
—El 22B está vacío.
Alicia pensó que no la había entendido.
—El hombre que subió después.
—Nadie subió después de la terminal.
Volvió a su asiento.
El hombre seguía allí.
—El conductor dice que usted no subió.
Él la miró sin sorpresa.
—Siempre dice lo mismo.
Alicia sintió miedo, pero algo en su cansancio parecía más triste que amenazante.
—¿Cómo se llama?
—Daniel.
—¿Va a ver a alguien?
Daniel tardó en contestar.
—A mi mujer.
Sacó del bolsillo un boleto viejo, amarillento. Fecha: veinte años atrás.
En el reverso alguien había escrito:
No lo dejen bajar en Santa Irene.
—¿Por qué dice eso?
Daniel miró por la ventana.
—Porque esa noche discutí con Mariana. Me fui. Ella salió a buscarme en auto.
Alicia comprendió antes de que terminara.
—Murió.
Daniel asintió.
—Desde entonces hago este viaje. Nunca llego.
El autobús se acercaba a Santa Irene.
Daniel apretó la maleta.
—Hoy quiero bajar.
Cuando el vehículo se detuvo, Alicia se levantó.
—Venga.
Daniel caminó detrás de ella.
El conductor observó a Alicia bajar sola.
—¿Está bien?
—Sí.
Alicia se dio vuelta.
Daniel estaba en la vereda.
Por primera vez sonreía.
—Gracias.
La puerta se cerró.
Alicia volvió a su asiento.
En el 22B había quedado el boleto viejo.
Lo tomó.
La frase del reverso había desaparecido.
Ahora decía:
Gracias por dejarme llegar.
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