Viajes cercanos y lejanos
El asiento vacío
Un hombre se sienta junto a Alicia en un viaje nocturno. El conductor asegura que nunca subió.
Alicia tomó el último micro a Santa Irene porque había perdido el de las seis por once minutos.
Once minutos.
Durante la primera media hora se reprochó cada uno.
Si hubiera salido antes.
Si no hubiera vuelto por el cargador.
Si no hubiera esperado aquel café.
Después se cansó de pelear con el reloj y apoyó la cabeza contra la ventanilla.
Su asiento era el 22A.
El 22B figuraba libre.
A mitad del viaje, cuando la ciudad había quedado atrás y sólo se veía la ruta negra cortada por los faros, un hombre se sentó junto a ella.
—Perdón. ¿Éste es el 22B?
Tenía unos cincuenta años, abrigo oscuro y una pequeña valija de cuero.
Alicia apartó el bolso.
—Sí.
El hombre se acomodó.
—Gracias.
Durante varios kilómetros no hablaron.
Después preguntó:
—¿Falta mucho para Santa Irene?
—Dos horas, más o menos.
El hombre miró por la ventana.
—Pensé que era menos.
—De noche siempre parece más largo.
Él sonrió.
—A veces de día también.
En la siguiente parada, Alicia bajó a comprar agua.
El conductor estaba fumando junto al micro.
—¿Cuánto falta? —preguntó.
—Una hora cuarenta.
—El señor del 22B preguntaba.
El conductor frunció el ceño.
—¿Qué señor?
—El que está sentado al lado mío.
El hombre miró hacia las ventanillas.
—Señora, el 22B viene vacío desde la terminal.
Alicia creyó que se estaba burlando.
—No. Subió después.
—No subió nadie.
—Está ahí.
El conductor apagó el cigarrillo.
—Mire usted misma.
Alicia volvió a subir.
El hombre seguía en el 22B.
La valija entre los pies.
Las manos sobre las rodillas.
Lo miró.
Él levantó apenas las cejas.
—El conductor dice que usted no subió.
—Siempre dice lo mismo.
La respuesta fue tan tranquila que Alicia sintió más miedo que si hubiera gritado.
—¿Qué significa “siempre”?
El hombre suspiró.
—Que este viaje no me está saliendo muy bien.
Alicia se puso de pie.
—Voy a cambiarme de asiento.
—Puede hacerlo.
No intentó detenerla.
Eso hizo que se quedara.
—¿Cómo se llama?
—Daniel.
—¿Y va a Santa Irene?
—Eso intento.
—¿A ver a alguien?
Daniel tardó.
—A Mariana.
Sacó un boleto viejo del bolsillo.
El papel estaba amarillento, blando en los dobleces.
Fecha: veinte años atrás.
En el reverso alguien había escrito:
NO LO DEJEN BAJAR EN SANTA IRENE.
Alicia leyó dos veces.
—¿Quién escribió eso?
—No sé.
—¿Y por qué lo tiene?
Daniel miró la ruta.
—Porque esa noche me fui enojado.
Alicia no dijo nada.
—Mariana y yo discutimos. Una de esas peleas donde al principio sabes qué estás diciendo y después solamente quieres ganar.
Se quedó mirando sus manos.
—Yo tenía que bajar en Santa Irene. Ella salió a buscarme en auto.
Alicia entendió la forma de la historia antes de conocer el final.
—¿Tuvo un accidente?
Daniel asintió.
—Eso me dijeron.
—¿Murió?
Él miró hacia ella.
—Nunca llegué a saberlo.
Alicia sintió un escalofrío.
—¿Cómo que no?
Daniel apoyó una mano sobre la valija.
—Porque yo tampoco llegué.
El motor del micro vibró bajo sus pies.
Alicia quiso levantarse.
No lo hizo.
—¿Está diciendo que está muerto?
Daniel sonrió con cansancio.
—Estoy diciendo que llevo veinte años sin poder bajar.
Alicia miró hacia adelante.
El conductor conducía sin girarse.
—¿Por qué hoy sería distinto?
Daniel la observó.
—Porque hoy alguien me habló antes de Santa Irene.
—Debe haber hablado con otras personas.
—Sí.
—¿Y?
—Se cambian de asiento.
Alicia casi sonrió.
—No los culpo.
—Yo tampoco.
Daniel abrió la valija.
Dentro había una bufanda roja.
Una fotografía de una pareja joven.
Y una caja pequeña.
—Se lo iba a dar esa noche.
—¿Un anillo?
—No.
Abrió la caja.
Había una nota doblada muchas veces.
—Una disculpa.
—¿Por qué la llevaba en una caja?
—Porque a los treinta uno puede ser bastante idiota.
Alicia soltó una risa corta.
Daniel también.
—¿Qué decía?
—Que me perdonara por irme antes de terminar la conversación.
—¿Y por qué se fue antes de terminarla?
—Porque todavía no había aprendido lo que estaba escribiendo.
Las primeras luces de Santa Irene aparecieron a lo lejos.
Daniel dejó de hablar.
Sus dedos apretaron el asa de la valija.
—¿Qué pasa?
—Siempre llego hasta acá.
El micro empezó a reducir la velocidad.
Daniel se puso de pie.
—Hoy quiero bajar.
Alicia miró el pasillo.
Nadie parecía verlo.
—Entonces baje.
—¿Y si no puedo?
Alicia pensó en sus once minutos perdidos. En todo lo que uno convertía en destino cuando todavía estaba enojado consigo mismo.
—Por lo menos levántese cuando abran la puerta.
Daniel sonrió.
—Eso puedo hacerlo.
El micro se detuvo.
Las puertas se abrieron.
Daniel bajó.
Alicia descendió detrás.
El conductor la miró.
—¿Está bien?
—Sí.
—¿Va a seguir hasta la terminal?
—Sí. Sólo quería tomar aire.
Miró hacia la vereda.
Daniel estaba allí.
La valija en la mano.
Por primera vez parecía más joven.
—Gracias —dijo.
Alicia no sabía si lo había oído o leído en sus labios.
Subió otra vez.
El 22B estaba vacío.
Sobre el asiento había quedado el boleto antiguo.
En el reverso ya no decía NO LO DEJEN BAJAR.
Decía:
GRACIAS POR DEJARME LLEGAR.
La valija estaba debajo del asiento.
Alicia la tomó.
—No puede ser.
El conductor la oyó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Guardó la valija junto a sus piernas.
A la mañana siguiente buscó la dirección que Daniel había mencionado durante la charla.
Una casa baja con un limonero en la entrada.
Tocó.
Abrió una mujer de unos setenta años.
Alicia supo quién era antes de preguntar.
—¿Mariana?
La mujer vio la valija.
El color desapareció de su cara.
—¿Dónde encontró eso?
Alicia le mostró el boleto.
Mariana tuvo que apoyarse en el marco.
—Daniel murió hace veinte años.
—Él me dijo que usted había tenido un accidente.
Mariana cerró los ojos.
—Lo tuve.
—Pensé que había muerto usted.
—No.
Se llevó una mano a la boca.
—Murió él.
La noche de la pelea, Mariana había salido en auto para alcanzarlo antes de que subiera al micro.
Llovía.
Chocó.
Daniel, al enterarse por teléfono durante una parada, bajó desesperado y consiguió que un auto lo llevara de regreso.
Ese auto también chocó.
Daniel murió antes de llegar al hospital.
Mariana sobrevivió.
—Durante años pensé que se había ido creyendo que yo no iba a perdonarlo —dijo.
Alicia puso la valija sobre la mesa.
Mariana la abrió.
Sacó la bufanda.
La foto.
La caja.
Leyó la nota.
No lloró enseguida.
Pasó un dedo sobre la letra.
—Era tan orgulloso.
Alicia pensó en el hombre del 22B.
—Anoche no parecía orgulloso.
Mariana levantó la vista.
—¿Cómo parecía?
—Cansado.
La mujer cerró los ojos.
—Eso sí me lo creo.
Alicia se fue poco después.
Una semana más tarde recibió un sobre sin remitente.
Dentro estaba la fotografía de Daniel y Mariana jóvenes.
En el reverso, con tinta reciente, alguien había escrito:
LLEGÓ BIEN. GRACIAS.
Alicia llamó a Mariana.
—¿Me mandó una foto?
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
Hubo un silencio.
Después Mariana preguntó:
—¿Cuál foto?
Alicia miró la imagen.
Daniel y Mariana estaban frente a la casa del limonero.
Pero ahora había un detalle que no recordaba de la foto de la valija.
Entre los dos, apoyado en la puerta, estaba el mismo boleto antiguo.
En el margen inferior aparecía una fecha.
La del día anterior.
Alicia guardó la foto con el boleto.
Nunca volvió a sentarse en el 22A.
No porque temiera encontrar a Daniel.
Porque, cada vez que veía un asiento vacío junto a ella, pensaba en cuántas personas pasan años creyendo que una conversación terminó cuando en realidad sólo quedó interrumpida.
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