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Romance

Domingo a las seis

Treinta y ocho años después, Ana reconoce al hombre que una vez creyó que iba a compartir su vida.

Ana reconoció a Jorge por la manera de esperar.

Estaba de pie junto a la ventana de una cafetería, mirando el reloj aunque había llegado demasiado temprano.

Treinta y ocho años antes hacía exactamente lo mismo.

Ana dudó antes de acercarse.

—Jorge.

Él levantó la vista.

No hubo abrazo de película.

Hubo una sonrisa larga.

Se sentaron.

Hablaron de hijos, trabajos, ciudades, enfermedades, pérdidas. De las vidas completas que habían ocurrido mientras no se veían.

En algún momento Jorge sacó una carta.

—Nunca te llegó.

Ana reconoció su nombre y una dirección antigua.

El número estaba mal: 114 en lugar de 141.

La carta nunca llegó a esa dirección y quedó archivada entre papeles de la familia de Jorge, donde él la encontró recién décadas después.

—Yo pensé que te habías ido sin decir nada —dijo ella.

—Yo pensé que habías elegido no contestar.

Ninguno supo qué hacer con ese descubrimiento.

A los veinticuatro años habría cambiado todo.

A los sesenta y dos, no.

Ana había amado a otra persona. Jorge también. Habían tenido familias, decisiones, errores y alegrías que no querían borrar.

—¿Y ahora qué hacemos con esto? —preguntó Jorge.

Ana dobló la carta.

—Tomamos café.

Se vieron el domingo siguiente.

Y el otro.

No intentaron recuperar treinta y ocho años. Tampoco fingieron que nada había pasado.

A veces hablaban de aquella juventud.

Otras veces, del precio de los tomates.

Jorge seguía llegando demasiado temprano.

Ana, apenas tarde.

Un día ella preguntó:

—¿Te imaginas qué habría pasado si esa carta hubiera llegado?

Jorge pensó.

—No.

—Yo tampoco.

Y eso, descubrieron, ya no les dolía.

Desde entonces reservaron los domingos a las seis.

No para continuar la historia que habían perdido.

Para ver qué clase de historia podían tener ahora.

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¿Qué quieres hacer ahora?

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