Saltar al contenido principal
← Volver a Historias para leer

Encuentros

Domingo a las seis

Treinta y ocho años después, Ana reconoce al hombre que una vez creyó que iba a compartir su vida.

Ana reconoció a Jorge por la manera de esperar.

No por el pelo, que ahora era casi blanco.

Ni por los hombros, un poco más caídos.

Ni siquiera por la voz, porque todavía no lo había oído hablar.

Lo reconoció porque estaba de pie junto a la ventana de la cafetería, mirando el reloj aunque faltaban doce minutos para la hora acordada.

Treinta y ocho años antes hacía exactamente lo mismo.

Ana se quedó detenida junto a la puerta.

Durante todo el camino había pensado que sabría qué decir.

Ahora no sabía ni cómo saludar.

Jorge levantó la vista.

La vio.

Y durante un segundo ocurrió algo extraño.

No parecieron dos personas de sesenta y dos años reencontrándose.

Parecieron dos personas mucho más jóvenes descubriendo de golpe todo el tiempo que había pasado.

Ana avanzó.

—Jorge.

Él sonrió.

—Llegaste.

—Siempre llegaba.

—Tarde.

—Cinco minutos no es tarde.

—Treinta y ocho años sí.

Ana lo miró.

Jorge se puso serio.

—Perdón. Mal chiste.

—Muy malo.

Después se rieron.

Eso ayudó.

No se abrazaron.

No hubo música.

No hubo ninguna de las cosas que las películas prometían para ese tipo de encuentros.

Se sentaron.

Pidieron café.

Y empezaron por lo más fácil.

Hijos.

Jorge tenía dos.

Ana, una hija.

Trabajos.

Mudanzas.

Ciudades.

Padres que habían muerto.

Matrimonios.

El de Ana había durado veintisiete años.

Su marido, Ricardo, había muerto seis años antes.

Jorge se había divorciado hacía doce.

—¿Fuiste feliz? —preguntó él.

Ana lo miró.

—Sí.

No dudó.

Jorge asintió.

—Me alegra.

—¿Tú?

—También.

Ana agradeció la respuesta.

Por alguna razón, habría sido terrible que alguno dijera que no.

Como si la infelicidad de los años intermedios pudiera convertir aquel encuentro en una reparación.

Y ninguno quería eso.

Todavía no sabían qué querían.

Pero eso no.

La conversación se fue soltando.

Recordaron profesores.

Amigos.

Un departamento diminuto donde Jorge había vivido con otros dos estudiantes.

Una pizzería que ya no existía.

La vez que Ana perdió un zapato corriendo detrás de un colectivo.

—No lo perdí.

—Lo perdiste.

—Volví a buscarlo.

—Entonces lo perdiste y después lo recuperaste.

—No es lo mismo.

Jorge sonrió.

—Sigues discutiendo igual.

Ana levantó la taza.

—Y tú sigues necesitando tener razón.

—No necesito.

—Ahí está.

Volvieron a reír.

Entonces Jorge dejó de hacerlo.

Metió una mano dentro del saco.

Sacó un sobre.

Lo apoyó sobre la mesa.

Ana vio su nombre.

Escrito a mano.

Y debajo una dirección.

Su antigua dirección.

La casa de sus padres.

Sintió algo en el pecho.

—¿Qué es?

Jorge no respondió enseguida.

—Una carta.

—Eso lo veo.

—Te la mandé cuando me fui.

Ana no tocó el sobre.

—Nunca me llegó.

—Ya sé.

—¿Cómo sabes?

Jorge giró la carta.

Había un sello viejo.

DEVUELTO AL REMITENTE.

Ana tomó el sobre.

La dirección decía:

San Martín 114.

Ella había vivido en San Martín 141.

Se quedó mirando los números.

—Está mal.

—Sí.

—¿La escribiste tú?

—Sí.

—Entonces pusiste mal mi dirección.

—Sí.

Ana lo miró.

—¿Después de dos años de novios?

—Lo sé.

—Venías a mi casa tres veces por semana.

—Lo sé.

—¿Y pusiste ciento catorce?

—Ana...

—No, déjame disfrutar esto.

Jorge apoyó la frente en una mano.

—Treinta y ocho años imaginando que me habías ignorado y resulta que no sabías escribir tres números en el orden correcto.

—Podemos decirlo de una manera más amable.

—No quiero.

Pero ya estaba sonriendo.

Jorge también.

Después dejó de ser gracioso.

Ana volvió a mirar el sobre.

—¿Dónde estuvo?

—Volvió a mi casa. Mi madre lo guardó.

—¿Y nunca te dijo?

—Yo ya me había ido a España. Después ella se mudó. Quedó en una caja con papeles.

—¿Treinta y ocho años?

—Lo encontré hace cuatro meses.

Ana levantó la vista.

—¿Cuatro meses?

—Sí.

—¿Y tardaste cuatro meses en llamarme?

—Tardé tres en decidir si tenía derecho.

—¿Y el cuarto?

—En encontrarte.

Eso la hizo callar.

La carta seguía cerrada.

—¿Quieres que la lea? —preguntó Ana.

Jorge respiró hondo.

—No sé.

—La trajiste.

—Sí.

—Entonces quieres.

—Quería que supieras que existió.

—Eso es distinto.

Jorge asintió.

Ana pasó un dedo por el borde.

—Yo pensé que te habías ido sin despedirte.

—Me despedí.

—De una dirección equivocada.

—Sí.

—No mejora mucho tu defensa.

—No estoy defendiendo nada.

Ana miró el sobre.

En 1988 Jorge había recibido una oportunidad de trabajo en Madrid.

Ana acababa de conseguir su primer puesto estable.

Él quería que fuera.

Ella quería que se quedara.

Ninguno había dicho con claridad ninguna de las dos cosas.

Discutieron.

Mucho.

La última noche Jorge había dicho:

—Si quieres venir, decímelo.

Ana había respondido:

—Si quieres que vaya, pedímelo.

Después él se fue.

Y no volvió a llamar.

Al menos eso había creído ella.

Durante meses esperó.

Después dejó de esperar.

Años más tarde conoció a Ricardo.

Construyó una vida.

Una buena vida.

Y ahora, sobre una mesa de café, tenía delante una carta que quizás contenía la frase que había esperado a los veinticuatro años.

—Abrila —dijo Jorge.

Ana lo hizo.

La hoja estaba doblada en tres.

La tinta ligeramente descolorida.

Leyó.

Ana:

Llegué ayer.

Todo es enorme y no conozco a nadie.

Ya me arrepentí cinco veces.

No de haber venido.

De haber venido sin ti.

Sé que discutimos.

Sé que dijiste que no ibas a dejar tu trabajo.

Pero no sé si eso significa que no quieres venir o si significa que querías que te lo pidiera mejor.

Así que te lo pido mejor.

Ven.

No para siempre.

No prometo nada que no sé cumplir.

Ven y vemos.

Si no quieres, contéstame igual.

Prefiero saberlo a inventarme una respuesta.

Jorge.

Ana tuvo que detenerse.

La última frase dolía por una razón precisa.

Los dos habían pasado décadas inventándose respuestas.

—Yo habría ido —dijo.

Jorge no se movió.

—¿Qué?

—A los veinticuatro.

Ana dobló la carta.

—Si esto me llegaba, yo iba.

Jorge bajó la mirada.

No parecía aliviado.

Parecía triste.

—No me digas eso.

—¿Por qué?

—Porque no hay nada que hacer con esa información.

Ana lo observó.

Tenía razón.

Y, sin embargo, necesitaba decirlo.

—Yo habría ido.

Jorge asintió muy despacio.

—Yo habría esperado.

Se quedaron en silencio.

No había una respuesta correcta para lo que acababan de descubrir.

No podían volver atrás.

Tampoco querían declarar que todo lo vivido después había sido un error.

Ricardo no había sido un error.

Los hijos de Jorge no eran un error.

Los matrimonios.

Los viajes.

Las pérdidas.

Las vidas completas que habían ocurrido mientras aquella carta dormía en una caja.

Ana guardó la hoja.

—¿Y ahora qué hacemos con esto?

Jorge la miró.

—No sé.

Ana levantó la mano y llamó al camarero.

—Otro café.

Jorge sonrió.

—¿Eso es todo?

—Por hoy, sí.

Se vieron el domingo siguiente.

A las seis.

Jorge llegó veinte minutos antes.

Ana, cuatro minutos tarde.

—Excelente —dijo él—. Algunas cosas sobreviven.

—Si llego antes que tú te arruino la identidad.

El domingo siguiente volvieron.

Y el otro.

No hablaron siempre del pasado.

De hecho, pronto descubrieron que el pasado tenía una capacidad limitada para sostener una conversación.

Hablaron de libros.

De recetas.

De política.

De una rodilla de Jorge.

De la vecina de Ana.

Del precio absurdo de los tomates.

De una serie que a él le encantaba y a ella le parecía espantosa.

—Tienes pésimo gusto.

—Estuviste enamorada de mí.

—Hace treinta y ocho años. Puedo alegar inmadurez.

No intentaban recuperar nada.

Y eso era, precisamente, lo que hacía que aquellos domingos empezaran a importar.

Un día Ana llevó un sobre.

Lo puso frente a Jorge.

—Ahora te toca a ti.

Él frunció el ceño.

—¿Qué es?

—Una carta.

—¿Mía?

—No. Mía.

Jorge la miró.

Ana había encontrado la hoja mientras buscaba documentos viejos.

La había escrito dos semanas después de que él se fuera.

Nunca la había enviado.

Jorge la abrió.

Leyó.

Jorge:

Estoy furiosa.

Contigo y conmigo.

Dices que querías que fuera, pero nunca dijiste “ven”.

Yo quería que me lo dijeras.

Y tampoco te dije que necesitaba escucharlo.

Esto es ridículo.

Si vienes a buscarme, me voy contigo.

Si no vienes, voy a entender que también elegiste.

Ana.

Jorge dejó la carta sobre la mesa.

—¿Por qué no la mandaste?

Ana levantó los hombros.

—Porque pensé que tú tenías que llamar primero.

—Yo pensé que tú tenías que contestar.

—A una carta que no recibí.

—Ese detalle nos perjudicó bastante.

Ana sonrió.

Jorge volvió a leer.

—Entonces los dos esperamos.

—Sí.

—¿Y ninguno hizo nada?

—Exactamente.

Él negó con la cabeza.

—Qué idiotas.

—Éramos jóvenes.

—Eso no disculpa todo.

Ana miró por la ventana.

—Creíamos que si alguien te quería de verdad tenía que saber qué necesitabas sin que se lo dijeras.

—Ah.

—¿Qué?

—Yo todavía tengo un poco de eso.

—Ya me di cuenta.

—¿Cuándo?

—Cuando tardaste tres meses en llamarme esperando descubrir si tenías derecho.

Jorge rio.

—Punto para ti.

Ana tomó su café.

—Por eso ahora las cosas son más simples.

—¿Qué cosas?

—Si quiero verte, te llamo.

Jorge la miró.

—¿Y si no quieres?

—No te llamo.

—Brutal.

—Eficiente.

Pasaron meses.

Los domingos a las seis se volvieron una costumbre.

No una obligación.

Algunos no podían.

Jorge avisaba.

Ana también.

Y eso, que parecía pequeño, tenía para ellos una importancia casi absurda.

Avisar.

Decir.

No obligar al otro a interpretar.

Un domingo fueron al cine.

Otro caminaron durante horas.

Una vez cocinaron en casa de Ana y discutieron por la cantidad de sal.

—No cambiaste nada —dijo Jorge.

—Tú tampoco.

—Eso no puede ser bueno.

—No todo tiene que ser bueno.

Una tarde Jorge preguntó:

—¿Alguna vez piensas cómo habría sido?

Ana sabía exactamente a qué se refería.

—A veces.

—Yo también.

—¿Y?

Jorge miró su taza.

—Siempre me imagino la parte linda.

—Claro.

—Madrid. Nosotros jóvenes. Un departamento horrible pero romántico.

Ana sonrió.

—Yo me imagino que a los tres meses habría querido matarte porque llegabas media hora antes a todos lados.

—Eso demuestra que tu versión es más realista.

—También podríamos habernos separado.

—Sí.

—O haber sido felices.

—También.

Ana tomó la carta vieja que Jorge llevaba a veces en su cartera.

—No sabemos.

Él asintió.

—No.

—Entonces dejemos de mejorar una vida que nunca existió.

Jorge la miró.

—Eso sonó muy sensato.

—Anótalo. No pasa seguido.

El primer susto ocurrió un domingo de invierno.

Eran las seis y cinco.

Jorge no estaba.

Ana miró el teléfono.

Nada.

A las seis y diez escribió:

¿Vienes?

No hubo respuesta.

A las seis y veinte llamó.

Nada.

Sintió una inquietud demasiado grande para veinte minutos.

Intentó decirse que era ridículo.

No funcionó.

A las seis y treinta estaba guardando el teléfono para ir a buscarlo cuando lo vio entrar.

Caminaba despacio.

Ana se puso de pie.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—No me digas nada.

—Me mareé un poco en casa.

—¿Y viniste?

—Ya se me pasó.

Ana lo miró con furia.

—¿Por qué no avisaste?

—Dejé el teléfono cargando.

—¿Y por qué viniste si te mareaste?

Jorge quitó el abrigo.

—Porque no quería que pensaras que había elegido no venir.

La frase la golpeó.

Durante un instante Ana sintió ternura.

Después se enojó todavía más.

—No tenemos veinticuatro años.

—Ya lo sé.

—No, no sabes.

Se acercó.

—No quiero que vengas enfermo para demostrarme nada.

—Ana...

—Si no puedes venir, me dices “no puedo”.

—Sí.

—Si no quieres venir, me dices “no quiero”.

Jorge la miró.

—Eso parece más difícil.

—Entonces practica.

—No quiero irme.

Ana se quedó callada.

Jorge sonrió apenas.

—¿Así?

—Mejor.

—Me siento.

—Y mañana vas al médico.

—Eso no estaba en el ejercicio.

—Ahora sí.

Jorge tuvo que operarse unas semanas después.

Nada dramático.

Pero tampoco menor.

Cuando le dieron la fecha, llamó a Ana.

—Me operan el jueves.

—¿A qué hora?

—No tienes que venir.

—No pregunté eso.

—A las ocho.

—Bien.

—Ana.

—¿Qué?

—Mis hijos van a estar.

—Perfecto.

—No hace falta que...

Ana lo interrumpió.

—Jorge.

—¿Sí?

—¿Quieres que vaya?

Hubo una pausa.

—Sí.

—Entonces voy.

Eso fue todo.

En el hospital conoció a los hijos de Jorge.

No fue incómodo.

O sí, pero apenas.

La hija sabía quién era.

—Papá habló de ti.

—Espero que con criterio.

—No siempre.

El hijo sonrió.

—Nos mostró la carta.

Ana cerró los ojos.

—Eso sí que no se hace.

Jorge, desde la cama, protestó:

—Fue contexto histórico.

—Fue intimidad.

—Treinta y ocho años de prescripción.

La operación salió bien.

Al día siguiente Ana lo ayudó a caminar por el pasillo.

Jorge avanzaba despacio.

—Esto es humillante.

—¿Qué cosa?

—Que me veas así.

Ana se detuvo.

—Te vi a los veinticuatro con un bigote espantoso.

—Era moderno.

—Esto es mucho menos grave.

Siguieron caminando.

No era su esposa.

No era su novia.

No era “el amor que había esperado toda la vida”.

Era alguien que había vuelto a ser importante.

Y Ana empezó a sospechar que no necesitaba un nombre mejor que ése.

Semanas después estaban otra vez en la cafetería.

Domingo.

Seis de la tarde.

Jorge preguntó:

—¿Qué somos?

Ana dejó la cucharita.

—¿Hace falta?

—No sé.

—Entonces, ¿por qué preguntas?

—Porque antes no preguntaba las cosas.

Eso la hizo pensar.

—Bien.

Jorge esperó.

Ana dijo:

—Somos dos personas que dejaron de esperar cartas.

Él sonrió.

—Es bastante largo para completar formularios.

—Pon “amigos”.

—¿Somos amigos?

Ana lo miró.

—También.

—¿Y algo más?

—A veces.

—Muy claro.

—Estoy haciendo un esfuerzo.

Jorge rio.

Después se puso serio.

—No quiero que esto sea una segunda oportunidad para lo que fuimos.

Ana asintió.

—Yo tampoco.

—No quiero pasar los próximos años hablando de lo que habría pasado.

—Yo tampoco.

—Quiero...

Se detuvo.

Ana esperó.

Jorge corrigió:

—Quiero seguir viniendo los domingos.

—Eso sí te lo puedo responder.

—¿Sí?

—Sí.

Pasaron dos años.

Después tres.

Hubo viajes.

Domingos perdidos.

Enfermedades pequeñas.

Una discusión importante.

Varias absurdas.

Jorge seguía llegando demasiado temprano.

Ana seguía convencida de que cuatro minutos tarde era puntualidad razonable.

Un domingo ella llegó primero.

A las cinco y cincuenta y ocho.

Jorge entró a las seis en punto.

Se detuvo al verla.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

—Llegaste antes.

—No exageres.

—Esto es histórico.

Ana señaló la silla.

—Siéntate antes de que me arrepienta.

Jorge dejó sobre la mesa un sobre.

Ana lo miró.

—No.

—¿Qué?

—Otra carta no.

—No es una carta.

Dentro había dos hojas antiguas.

La suya.

La de él.

Había hecho copias y colocado los originales en una funda transparente.

—Pensé que deberíamos guardarlas juntas.

Ana las miró.

Dos cartas.

Una enviada a la dirección equivocada.

Otra que jamás había salido de un cajón.

—Son bastante inútiles como correspondencia.

—Sí.

—Treinta y ocho años tarde.

—También.

Ana tomó un bolígrafo.

En el frente del sobre escribió:

LLEGARON TARDE.

Jorge leyó.

—Falta algo.

Ana añadió debajo:

NOSOTROS NO.

Él no dijo nada.

Ana guardó el bolígrafo.

—No te pongas sentimental.

—No iba a hacerlo.

—Mentira.

—Un poco.

Pidieron dos cafés.

A las seis y diez estaban discutiendo sobre una película.

A las seis y media, sobre si viajar en primavera.

A las siete, Jorge estaba explicando una historia demasiado larga y Ana ya había dejado de escucharlo con atención.

Las cartas quedaron sobre la mesa entre las tazas.

Durante casi cuarenta años habían parecido contener la vida que no tuvieron.

Ahora eran solamente dos papeles viejos.

La vida estaba ocurriendo alrededor.

¿Te gustó esta historia?

Lo que marques queda en este dispositivo y sólo sirve para elegir qué historia te proponemos después. No se envía a ninguna parte.

Gracias por compartir este rato con la historia. Puedes elegir otra por tema o dejar la próxima para otro día.

¿Qué quieres hacer ahora?

Volver a Historias para leer